Velá de Santa Ana

jueves, 21 de julio de 2011

 ("Sevilla. El baile". 1914-1915. Joaquín Sorolla - The Hipanic Society of America.)

Una de las veladas que ha llegado hasta nuestros tiempos con todo su esplendor es la de Triana. Conocida como “La Velá de Santa Ana”, se celebra por Santiago, en el Barrio de Triana, barrio que fue de pescadores de camarones y marineros.

 (Barrio de Triana - Azulejo)

Tuvo sus comienzos allá por el siglo XIII cuando la Real Parroquia de Santa Ana comenzó a peregrinar en una romería en honor a la Patrona de su barrio. Las vísperas previas a la celebración de la santa Patrona, tenían lugar las vigilias nocturnas o veladas, al principio como manifestaciones de culto y religiosas en los alrededores de la iglesia y el río Guadalquivir, que con el paso del tiempo fue reflejándose en jaranas y fiestas, engalanando los vecinos tanto las calles como las orillas del río.

 ("El Puente de Triana - Velada de Santa Ana - José García Ramos)

Poco a poco esta costumbre de embellecimiento se hizo más hermosa, se incorporaron fuegos artificiales y se celebraban espectáculos afines al baile y a la música. Los vecinos se lanzaban la mayoría a la calle para pasear y contemplar el espectáculo, y otros lo hacían sentados en sillas de eneas a las puertas de sus casas, dando buena cuenta de una caña de vino.

 ("Fiesta en Sevilla" - Óleo de Manuel García y Rodríguez)

En el siglo XVII ya se tienen noticias de cómo acudían vecinos de otros barrios, e incluso de pueblos limítrofes a disfrutar de la Velá, de los cantes, los bailes y de las noches cargadas de una iluminación especial conferida por faroles que rompían la oscuridad, haciendo del Puente de Triana y de la calle Betis una muralla encendida bordeando el río Guadalquivir, por el paseaban en barcas adornadas de gran belleza y colorido.
Pero como suele ocurrir con frecuencia, hubo quien pasó de la libertad al libertinaje, habiendo quienes se ampararan en algunas de las oscuridades de las riberas del río para cometer excesos de cualquier tipo, provocando que las autoridades civiles y religiosas tomaran cartas en el asunto y llegaran a prohibirla en el año 1742. 

 (Los buñoleros gitanos en el siglo XVIII)
 (Tomando un "Aguaduche" en la velá - Siglo XVIII)

Ya en 1800, y después de la catastrófica epidemia de fiebre amarilla, La Velá de Santa Ana volvió a restablecerse a fin de estimular al pueblo con una diversión, y poder dar gracias aquellos que habían logrado sobrevivir a la mortandad.
Sin embargo, de nuevo volvió a convertirse en bacanal en algunos sectores. Esto, junto con las graves afecciones sufridas por los consumidores de camarones y viandas, debido a la falta de higiene de los vendedores de alimentos, hicieron que los festejos del río volvieran a suspenderse.
El vecindario alzó la voz en unanimidad para su restablecimiento y así consiguieron que las autoridades cedieran, ya que no se resignaban a perder su Velá.

 (Unas cañas en la Velá de Santa Ana)

Félix González de León escribe en 1839 sobre La Velá de Santa Ana:

“Desde el antiguo hospital de Mareantes (Casa de las Columnas) hasta el puente (el de Barcas), la calle larga (ahora calle Pureza), desde la parroquia de Santa Ana hasta el Altozano y parte del arenal delante del puente, es el sitio donde se celebra la feria, que aquí llaman velada de Santa Ana, los días 25 y 26 de julio de cada año, que es uno de los paseos nocturnos más vistosos y concurridos que se celebran en Sevilla, porque también se agrega la iluminación y adorno del puente con número infinito de farolillos pintados y multitud de banderas y gallardetes, que es uno de los puntos de vista más agradables de los que con frecuencia se ven en esta ciudad”.

 ("Baile del Candil" - Litografía - A.chaman)

Durante el día se ponían cucañas y unos mocitos negros como tizones, con taparrabos, divertían al público con sus zambullidas y gateaduras por los palos de cebo. Se organizaban juegos fluviales como la caza del pato o las carreras de tinas, que consistía en navegar sobre barriles remando con las manos.

  (Animación en el Guadalquivir durante la cucaña - 1923)
 
Todo se transformaba en una preciosa estampa: las gitanas en sus buñolerías, el río iluminado, las casitas de la calle Betis, junto al río, que se volcaban en engalanar los balcones y las puertas; viejas gordas con flores, muchachas risueñas, perezosos en camiseta tumbados en hamacas… y todo se animaba, bullía y tenía alegría, todo entre un barullo de farolillos, rifas, y barquillos.

En toda la noche se dejaba de bailar en las casetas, donde se solía convidar rumbosamente a vino y a jamón.
 (Sevillanas en el baile - 1923)

También el ilustrado historiador Justino Matute nos decía a principios de 1800:

“La fiesta y octava de la Señora Santa Ana, en que también había villancicos, que se imprimieron hasta el año 1766, las costeaba la Fábrica (Iglesia), así como la iluminación de su torre y azoteas en la víspera y antes los primorosos fuegos que en aquella noche se disparaban. Es imponderable el júbilo que reina ese día en toda la collación, a que contribuye la famosa velada que con ese motivo se celebra, en que algunos años ha estado empavesado el puente, con bandas de música marcial por su entrada al Altozano y concurrencia numerosísima”.

La Velá de Santa Ana es una de esas fiestas populares que afortunadamente no se han perdido, siendo en nuestros días una de las más populares en Sevilla y Andalucía.

Fuentes de Datos:
*“Triana, Fiestas y Costumbres” – Ángel Vela Nieto
* “El heraldo de Madrid” – 3-8-1927
* “Bética” – 30-3-1914
Imágenes:
*”El Heraldo de Madrid” – 3-8-1927
*”Bética” – 30-3-1914
*"Mundo Gráfico" - 1-8-1923

El Sacamuelas

jueves, 7 de abril de 2011

 ("El Sacamuelas" - 1630-35 - Adriaen Jansz van Ostade Pintura sobre tabla, Kunsthistorisches Museum, Viena. Austria)

Formando parte de la larga comparsa compuesta por lo pintoresco, los diferentes o los ganapanes, los sacamuelas eran unos personajes, en ocasiones tachados de charlatanes, que con poco o mucho conocimiento de su trabajo iban de aldea en aldea y de pueblo en pueblo con el fin de aliviar el dolor de muelas de los parroquianos extrayéndoles la pieza deteriorada.

Portando un bolsín de cuero en el que guardaba unos alicates y rascadores de hierro, instrumentos de su trabajo, estuvieron en auge hasta mediados del siglo XIX.

La gran mayoría habían carecido de un maestro del que aprender ni nadie que les revelara el secreto de su trabajo. Solo la práctica con sus pobres pacientes engrosaba en ellos la experiencia.
Llegaban con su carro y se asentaban durante unos días en el lugar elegido, colgando de un poste su título o dejando en una mesa una carta de autorización que les permitía maniobrar en las inhóspitas bocas, al amparo de que nadie iba a comprobar la validez de sus credenciales.

("El Sacamuelas" -  Siglo XVIII -  Longhi Pietro - Pinacoteca de Brera Milan)
 
Vestidos con ropaje de gran colorido, y tocados con sombreros de pluma cual actores de sainetes, montaban sus vistosos tenderetes en las plazas de los pueblos los días de mercado para darse a conocer y comenzar a captar clientes que se pusieran en sus manos para sacarse dientes y muelas.
Su gran y principal adorno a modo de toisón era un enorme collar compuesto de piezas dentales, las mismas que habían extraído de las cándidas almas que se ponían en sus manos.
Rivales de los barberos, no tenían otra ciencia que la habilidad de sus manos para sacar una muela lo mismo que se saca un clavo mohoso, con tal de ganarse un jornal.

 ("El Sacamuelas - Nauser y Menet - hacia 1900 - Para Blanco y Negro)

El parroquiano que se atrevía, empujado por el dolor, a ponerse en manos del sacamuelas, era sentado en una silla y sujetada violentamente la cabeza; echándosela hacia atrás le obligaban a abrir la boca y le ponían un taco de madera para que no la cerrase, agarrando con unos alicates la muela que el paciente le había señalado y tirando el “licenciado” con todas sus fuerzas a fin de arrancarla.
La victima bramaba, rugía y trataba de levantarse para escaparse, pero lo tenían bien sujeto corriendo a veces el peligro de romperse las vértebras.

("El Sacamuelas" - óleo de Gerrit Van Honthorst siglo- XVII  - Kunsthistorisches Museum. Viena. Austria)

Una Vez extraída la pieza, era alzada en alto, aún sujeta por los alicates a fin de que todos la vieran y aplaudieran el buen trabajo realizado.

 ("El Sacamuelas" -  1754 - Giovanni Doménico Tiépolo - Museo del Louvre París - Francia)
 
Ocasiones había en que la muela extraída no era la deteriorada, por lo que el sacamuelas pagaba la ira del paciente con improperios y amenazas, teniendo que acudir la autoridad para atajar el altercado. 

 ("La Extracción -  Tooth Gerrit Dou - Museo del Louvre - 1630-35)

El principal problema del sacamuelas era cuando el trabajo no salía todo lo bien que se pudiera desear, si de alguna boca no cesaba de brotar un manantial rojo que cesaba con el último latido de la pobre alma que se puso en sus manos.
Entonces recogían con prontitud todo el tenderete y ponían pies en polvorosa y abandonando el lugar como alma que lleva el diablo.

Oficios de ante que, en este caso afortunadamente, han cambiado para bien con el paso del tiempo.


Imágenes:
*La ilustración Española y Americana
*Todolección.net
*Internet