viernes 13 de noviembre de 2009

Graf Zeppelin, Dirigible Sobre Sevilla



Uno de los temas que apasionaron a los sevillanos de la primera mitad del siglo XX fue el del dirigible Graf Zeppelin, pues se tenía en proyecto construir en Sevilla una lanzadera para el mismo, a fin de realizar los vuelos transoceánicos entre Europa y América.
El proyecto, como tantos otros a lo largo de la historia de Sevilla, quedó en aguas de borrajas, y el gozo de los sevillanos en un pozo.
Sin embargo el dirigible Zeppelin visitó y sobrevoló los cielos sevillanos en quince ocasiones, algunas de las cuales con aterrizaje incluido.


El Graf Zeppelín era una gigante nave que medía 220 metros de longitud y que volaba a unos 200 metros de altura, con lo cual era perfectamente visible desde el suelo. Tres veces más grande que un Boeing 727, viajaba a una velocidad de 68 millas por hora.

(visita de 1929)

 La ciudad recibió con entusiasmo la primera visita que hizo a la misma el día 29 de junio de 1929, con motivo de la Exposición Universal, sobrevolando a baja altura, dando varias pasadas por el cielo sevillano y causando una gran expectación entre los ciudadanos, dado que el gigante proyectaba una enorme sombra sobre el suelo. Esto, unido al estruendoso ruido de sus motores, llegó a causar el pánico en más de uno, no así en otros, que se afanaban en subir a los sitios más altos con el fin de verlo mejor.


Tejados y azoteas fueron asaltados por los más curiosos. El gigante causó gran impacto en la imaginación de los sevillanos, que vieron muy de cerca la posibilidad de realizar un sueño hasta entonces imposible: la oportunidad de volar. Este hecho durante muchos años fue considerado como un acontecimiento de referencia, casi como un hecho histórico.
Lo vió pasar la Giralda (1934)


La Torre del Oro...


La Plaza de España...


El Sector Sur, en 1930...


El Río Guadalquivir (1932)


En las siguientes ocasiones que el Zeppelin pasó por Sevilla, y en los casos en que se producía aterrizaje, éste se hacía en el campo de Hernán Cebolla, donde estaban loa angares.


 (Aterrizando)


Allí acudían los sevillanos con horas de antelación para ver al gigante de cerca posado en el suelo, y convertían el campo de aterrizaje en una feria: colocaban puestos de bebidas y merodeaban por allí los consabidos vendedores ambulantes, pregonando sus productos a la numerosa multitud.
(Primer Aterrizaje)


Pocos fueron los sevillanos que tuvieron oportunidad de conocer las tripas del dirigible, que gozaba de las mejores comodidades del momento: Contaba con habitaciones individuales para cada una de las 24 personas que viajaban en sus vuelos regulares entre Europa y Suramérica, y un lujoso comedor.




Cada llegada que hacía a la ciudad era todo un acontecimiento, que se cortó de repente cuando en 1937, y a consecuencia de la tragedia del Hindenburg, se ordenó terminar con la flota de dirigibles comerciales.

No obstante, su paso por la ciudad nos dejó unas imágenes entrañables y únicas, fiel reflejo de lo que vivieron aquellos que tuvieron la oportunidad de observarlo.

Fuentes de Datos:
* "Periodismo y Literatura" - Corpus Barga
* "Del Guadalquivir a la Plata en Dirigigle" - Emilio Atienza

viernes 30 de octubre de 2009

Día de Difuntos, Noche De Vela


"Panteón Cementerio de San Miguel de Málaga" . Fotografía de Narciso del Río

“Yo no sé qué tienen, madre,
Las flores del campo santo,
Que cuando las mueve el viento
Parece que están llorando.”

Cuando el frío viento de finales de Octubre comenzaba a desnudar las ramas de los árboles, saltaban las castañas en los anafes de las castañeras apostadas en las esquinas de las calles, y los días mortecinos daban paso al mes de Noviembre, el pueblo esperaba la llegada del día 1, Día de Todos los Santos, para esa noche emprender el sendero que conducía al cementerio.

Panteón y avenida de un cementerio - A molina


El pueblo acudía al él en cualquier día del año, cuando acompañaban a algún cortejo fúnebre, y cruzaban sus senderos siendo conscientes de que la luz que se filtraba entre los cipreses disponía el ánimo a renegar de la muerte cuando ya se ha desbordado el vaso de la vida. En estas ocasiones sus visitas eran de despedida. 


Lamina recortable de cementerio -  Paluzie - años 40

Pero acudían a él de distinta forma la tarde del Día de Todos los santos, sintiendo solamente la soledad que allí reinaba y lo que verdaderamente significaba. Ese día acudían para acompañar a los seres que habían perdido.


Era costumbre pasar la tarde y la noche del día 1 de Noviembre (día de Todos los Santos), al 2 de Noviembre (día de Los Fieles Difuntos), en el cementerio, velando la tumba o nicho del ser más querido y visitando a las familias que velaban igualmente a los suyos. 
Y es que, aunque el recuerdo de los que se marcharon es permanente, se hace más acentuado en estos días.

Posiblemente eta costumbre tuviera por origen un culto exagerado tributado a los sepulcros.
Los días previos a dicho día, familiares de los allí enterrados acudían casi en tropel a un cementerio, repleto de cruces de madera, planteles de rosas del tiempo, cuadros de adelfas y de romero y arbustos de crisantemos para adecentar lo que ya era la última morada de aquellos formaron parte de sus vidas, padres, madres, hermanos y muchas veces hijos, pues la mortalidad infantil era entonces muy elevada.

La sepulturas de segundo orden, con sus nichos en fila, eran encaladas y adornadas con flores, rosarios, e incluso alguna fotografía del difunto.

Patio  humilde de un Cementerio 

Las de primer orden, sepulturas de ladrillo cuadrado, mausoleos de mármol de carrara y panteones familiares, se limpiaban e igualmente se adornaban con flores.


Era conocimiento popular que las noches de veladas fúnebres estuvieran llenas de extraños ruidos que los veladores aseguraban venir de las tumbas, mezclados con el monótono soniquete del rezo de Santo Rosario y las Letanías. Las palmatorias, lamparillas de aceite y las antorchas alumbraban pobremente el corro de piadosos que se asentaban en torno a la sepultura de que las que también aseguraban ellos mismos ver salir los fuegos fatuos, volando como mariposas fosfóricas que les hacían cerrar los ojos.


Miserere Mie Deus - Dibujo de Poy Dalmau - 1903

Eran noches de espesa bruma e intenso frío. 

Los veladores encendían hogueras en torno a la cual se asentaban para protegerse del rocío de la noche si estaba raso, o del chiriviri del agua si llovía, cubiertos con capotes.
El olor del incienso se mezclaba con el de la podredumbre que resumaba de las tumbas más recientes, y los familiares, piadosos, no cesaban en sus rezos dando de tanto en tanto un trago de aguardiente para entrar en calor y aliviar las penas. 

La Noche de Difuntos - 30 de Octubre de 1901 - Dibujo de M. Poy Dalmau

Grupos de mujeres oraban pidiendo indulgencia por el alma del que ya tan solo quedaban huesos, depositaban su ofrenda de flores en el hueco del nicho y rezaban fervorosamente el rosario a la luz de la luna; otros, los de más posibles económicos, enviaban a los mayordomos con librea a permanecer velando de pie, las plañideras piedras de los mausoleos, engalanados con flores de trapo y colosales blandones.



Cementerio de Madrid un día de difuntos

Llegada cierta hora de la madrugada, los que allí velaban comenzaban a recorrer la ciudad de los muertos, suspirando tristemente cuando al ver a una madre arrodillarse ante la tumba de su hijo, o a la esposa ante su difunto marido, o la del hijo ante la de la madre.
Y sale desgarrada de sus gargantas una coplilla, posiblemente entre sollozos.


“¡Mira cuánta cruz é pino
¡Mira cuánta piedra blanca!
¡Mira cuánta florecita!
¡Mira cuánta luminaria!”


“Las lucecitas, que brillan
De noche en el cementerio,
Están diciendo á los vivos
Que se acuerden de los muertos.”


Cada vez eran más los que acudían a velar bien provistos de vino o aguardiente para combatir al frio, lo cual traía como consecuencia la típica borrachera y los consiguientes alborotos. 

El Cementerio - Dibujo de J. Francés - 1899

Algunos incluso cargaban con la guitarra para entonar a sus difuntos, desgarradoras soleares y tonás:


“Ya se murió mi marío,
Ya se acabó mi consuelo;
Ya no tengo quien me iga
Ojitos de terciopelo.”


Dia de los Difuntos - Grabado de La Ilustración Española y Americana - 1880

O las que hacían una oda a la vida y la muerte:

“El que se tenga por grande
Que se vaya al cementerio,
Verá que to el mundo cabe
“n un palmo de terreno.”

Todo esto derivó en que en lugar de un lugar de recogimiento y oración se fuera convirtiendo poco a poco en cuna de borrachos y trasnochadores, pareciendo más un bacanal que un lugar de reposo eterno, por lo que las autoridades prohibieron estas veladas a finales del siglo XVIII.

Cementerio y Flores - Principios siglo XX
 

La costumbre continuó pero limitándose a visitar los días previos y posteriores al Día de los difuntos los Campo Santos, adecentando cada cual el lugar de reposo de su ser querido y adornándolo con flores.

El recuerdo del cementerio persiste en la mente de todos, como nos hace ver esta coplilla que aún se canta en muchos lugares:

“En el cementerio entré,
Le dije al sepulturero
Si hay un sitio señalao
Para el que muere queriendo.”


Fuente de Datos: 
*La Ilustración Española y Americana - Octubre 1885

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