Mostrando entradas con la etiqueta Oficios De Antes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oficios De Antes. Mostrar todas las entradas

El Sacamuelas

jueves

 ("El Sacamuelas" - 1630-35 - Adriaen Jansz van Ostade Pintura sobre tabla, Kunsthistorisches Museum, Viena. Austria)

Formando parte de la larga comparsa compuesta por lo pintoresco, los diferentes o los ganapanes, los sacamuelas eran unos personajes, en ocasiones tachados de charlatanes, que con poco o mucho conocimiento de su trabajo iban de aldea en aldea y de pueblo en pueblo con el fin de aliviar el dolor de muelas de los parroquianos extrayéndoles la pieza deteriorada.

Portando un bolsín de cuero en el que guardaba unos alicates y rascadores de hierro, instrumentos de su trabajo, estuvieron en auge hasta mediados del siglo XIX.

La gran mayoría habían carecido de un maestro del que aprender ni nadie que les revelara el secreto de su trabajo. Solo la práctica con sus pobres pacientes engrosaba en ellos la experiencia.
Llegaban con su carro y se asentaban durante unos días en el lugar elegido, colgando de un poste su título o dejando en una mesa una carta de autorización que les permitía maniobrar en las inhóspitas bocas, al amparo de que nadie iba a comprobar la validez de sus credenciales.

("El Sacamuelas" -  Siglo XVIII -  Longhi Pietro - Pinacoteca de Brera Milan)
 
Vestidos con ropaje de gran colorido, y tocados con sombreros de pluma cual actores de sainetes, montaban sus vistosos tenderetes en las plazas de los pueblos los días de mercado para darse a conocer y comenzar a captar clientes que se pusieran en sus manos para sacarse dientes y muelas.
Su gran y principal adorno a modo de toisón era un enorme collar compuesto de piezas dentales, las mismas que habían extraído de las cándidas almas que se ponían en sus manos.
Rivales de los barberos, no tenían otra ciencia que la habilidad de sus manos para sacar una muela lo mismo que se saca un clavo mohoso, con tal de ganarse un jornal.

 ("El Sacamuelas - Nauser y Menet - hacia 1900 - Para Blanco y Negro)

El parroquiano que se atrevía, empujado por el dolor, a ponerse en manos del sacamuelas, era sentado en una silla y sujetada violentamente la cabeza; echándosela hacia atrás le obligaban a abrir la boca y le ponían un taco de madera para que no la cerrase, agarrando con unos alicates la muela que el paciente le había señalado y tirando el “licenciado” con todas sus fuerzas a fin de arrancarla.
La victima bramaba, rugía y trataba de levantarse para escaparse, pero lo tenían bien sujeto corriendo a veces el peligro de romperse las vértebras.

("El Sacamuelas" - óleo de Gerrit Van Honthorst siglo- XVII  - Kunsthistorisches Museum. Viena. Austria)

Una Vez extraída la pieza, era alzada en alto, aún sujeta por los alicates a fin de que todos la vieran y aplaudieran el buen trabajo realizado.

 ("El Sacamuelas" -  1754 - Giovanni Doménico Tiépolo - Museo del Louvre París - Francia)
 
Ocasiones había en que la muela extraída no era la deteriorada, por lo que el sacamuelas pagaba la ira del paciente con improperios y amenazas, teniendo que acudir la autoridad para atajar el altercado. 

 ("La Extracción -  Tooth Gerrit Dou - Museo del Louvre - 1630-35)

El principal problema del sacamuelas era cuando el trabajo no salía todo lo bien que se pudiera desear, si de alguna boca no cesaba de brotar un manantial rojo que cesaba con el último latido de la pobre alma que se puso en sus manos.
Entonces recogían con prontitud todo el tenderete y ponían pies en polvorosa y abandonando el lugar como alma que lleva el diablo.

Oficios de ante que, en este caso afortunadamente, han cambiado para bien con el paso del tiempo.


Imágenes:
*La ilustración Española y Americana
*Todolección.net
*Internet

Barberos, Barberías...Y Dispensarios

martes

 ("El Barbero" - Vicente Carreres - Revista Latina) 

La moda de afeitarse llegó de oriente y Egipto, pasó luego a los griegos en la época de Alejandro, y de éstos a los romanos. Consistía en afeitarse la cabeza y la cara para eliminar la barba, por lo que los que realizaban esta oficio recibieron el nombre de Barberos.

El trabajo de los barberos de aquella época era cortar el cabello no con tijeras sino con navajas de diferentes tamaños y más o menos cortante, dejando el pelo según la moda establecida, arrancando los pelos blancos que brotaban en las cabezas jóvenes, e incluso tiñiendo con variadas recetas las canas; procedían también a afeitar la cara y a cortar las uñas de las manos con un cuchillito especial.

Estos barberos comenzaron a ejercer su trabajo al aire libre, quedándose este hecho posteriormente solo para la plebe y los esclavos cuando se establecieron en tiendas anunciadas por una presentación de navajas, de cuchillitos y de espejos.

("En la Barbería) - Grabado de Brend-Amourd sobre cuadro de Jiménez Aranda -  IEA - 1887)
 ("El Barbero Lamparilla" - obra de José Benlliure)

La profesión de barbero tomo una gran extensión durante la edad media, en la que comenzaron a salirse de su especialidad. En una época en la que los dentistas no existían, los barberos eran también los encargados de ocuparse de las dentaduras de sus clientes, e incluso hacían las labores de médicos realizando prácticas de medicina, como sacar muelas, aplicar sangrías, vendar úlceras e incluso pequeñas cirugías.
Los cirujanos, aún a pesar de las diferencias que existían entre ambos oficios, no ponían obstáculos cuando algún barbero llegaba a distinguirse por sus conocimientos en cirugía. Los recibían en sus colegios y los aceptaban como médicos con la condición de que renunciasen al oficio de barbero.

En la edad media se tenía la convicción de que la primavera era la época de renovación de la sangre, y que por lo tanto se producía un gran incremento de ésta provocando un desequilibrio de los humores, sangre, flema, bilis y atrabilis, perjudicial para la salud. Se creía pues que la extracción del supuesto exceso de sangre era la forma de restaurar el equilibrio, pues sacando la sangre se sacaba la enfermedad.
A pesar de la peligrosidad de esta práctica, realizada por personas con escasos conocimientos médicos, fue el tratamiento más popular para muchas enfermedades graves durante siglos.

 ("Barbería Aagonesa"  Grabado de Francisco Laporta -1870- Publicada en La Ilustración Española y Americana)
 
Fue durante el siglo XIII cuando los barberos comenzaron a coparse de esta ocupación.
Las gentes de las aldeas y pueblos pequeños solían acudir a las barberías de pueblos importantes y ciudades no solamente para cortarse el pelo y afeitarse, sino también para que le arrancaran una muela o le sacaran sangre.

 ("El Sacamuelas del pueblo" - 1909 - José García Ramos)

El trabajo lo realizaban los barberos-practicantes en un establecimiento público, anunciando sus servicios con un cartel que representaba una mano levantada, de la que goteaba sangre que era recogida en una sangradera. Las sangraderas eran de barro cocido, peltre o plata, y solían tener unas marcas en el interior para señalar la cantidad recogida. 

Antes de sacar la sangre, el barbero sumergía la mano del paciente en agua caliente para que se hincharan las venas y fueran más fáciles de ver. Luego ponía un torniquete alrededor del brazo del paciente y, con la sangradera preparada, decidía en cuál de las cinco venas mayores;cada una de las cuales se asociaba a un órgano vital y realizaría  la punción. 
Sujetando firmemente la mano del paciente con un trapo alrededor, el barbero abría una cisura en la vena con una lanceta de doble hoja. Cuando ya había extraído suficiente sangre, el barbero vendaba ligeramente la herida y enviaba al paciente a casa.

El oficio se transmitía de generación en generación, de modo que un aspirante a barbero comenzaba de aprendiz con un maestro, habitualmente su propio padre, e iba adquiriendo el conocimiento de todos los secretos del oficio. En las grandes ciudades, sin embargo, los aprendices podían asistir a las mismas clases de anatomía que los estudiantes de medicina.

Estaban también los barberos-practicantes ambulantes, que al carecer de recinto propio para sus prácticas, se echaban su bolsín de cuero al hombro, cargado con todos los utensilios, y emprendían el camino, bien a pié o en burro, por todas las aldeas y pueblos del vecindario.
La llegada de estos “profesionales” ocasionaba en el lugar todo un acontecimiento. En medio de cualquier plaza o descampado montaban su tenderete y procedían a atender a la larga cola de parroquianos que acudían prestos a recibir sus servicios a cargo de unas monedas.
Estas prácticas las podía realizar cualquiera podía aunque no tuviera licencia como cirujano, pero hacia el siglo XIV, en algunos lugares de Europa, las universidades y los gremios comenzaron a regular la práctica de la medicina.

  (Huecograbado del último tercio del XIX, sobre cuadro de Araujo, aparecido en la revista La Hormiga de Oro)

Con la aparición de médicos y dentistas especializados, los barberos se vieron relegados a la barba y pelo de los hombres, volviendo a llamarse simplemente barberos, aunque eso sí, algunos continuaban realizando su trabajo desplazándose hacia otras aldeas para sacarse un jornal.

(" El Amorpasa ante una peluqueria de la ciudad" grabado aleman 1802)

Con el paso del tiempo las barberías llegaron a ser el punto de encuentro de ociosos, y murmuradores, convirtiéndose en un centro de comidillas y noticieros. El dueño del establecimiento, el barbero en cuestión, tenía el deber de conocer todos los dimes y diretes de la comunidad y de responder a todas las preguntas que se le dirigían, tomando a veces el papel de imitar a autores o actores cómicos o satíricos a la hora de saciar la curiosidad de la clientela. No en vano en el recinto se solía comentar y contar por parte de los clientes que llegaban, toda la comidilla del vecindario. En la barbería todos estaban en bocas de todos, llegando a ser más el lugar de tertulia de los parroquianos.


(Felicitacion de Navidad años 30-40)

Muchas fueron en Sevilla las barberías que adquirieron con el tiempo tronío y solera, conocida y frecuentadas y que se hicieron famosas. Una de ellas era la de Manolito “El Chano”, que tenía la barbería e la calle Rivero bocacalle de Sierpes. Manolito “El Chano” fue uno de los maestros barberos más populares en la primera mitad del siglo pasado, y que dejó entrañables e imborrables recuerdos entre sus clientes y amigos.  

 
 (Barbero sentado delante de su barbería - Imagen sin datos)
 
Era un hombre que sobresalía por su sencillez y sus ocurrencias, con una gracia natural nada rebuscada que encantaba a su clientela.
Solían pasar por su barbería casi todos los comerciantes del centro, así como artistas y toreros.
Manolito "El Chano" solía contar chistes a sus clientes a la par que los arreglaba, y de cuando en cuando se marcaba unas vueltecitas por bulerías que remataba con media verónica con el paño de barbero.

Fuentes de Datos:
*Historia de la barbería antigua
*Selecciones
Imágenes:
*La ilustración Española y Americana
*Todolección.net
*Internet

El Afilador

viernes


(Afilador - Maria del Carmen Delgado Viruet - Málaga) 
Entrañable y deseada la figura del Afilador que de cuando en cuando aparecía con el reclamo de su armónica. Como tantas otras, se quedó en la memoria del tiempo, nostálgica memoria que aún lo recuerda…

Comenzaba a oírse a lo lejos el silbante sonido de la armónica do-re-mi-fa-sol-la-si, si-la-sol-fa-mi-re-do y las vecinas comenzaban a alborotarse mientras soplaban el cisco-carbón de las cocinas "¡Fulana!, ¡Zetana!, ¡Niña!, ¡que se escucha el afilador!” Y al poco, a la par que la silbante melodía de de la armónica iba in crescendo conforme se acercaba, las vecinas y comadres se afanaban en secarse las manos en el delantal para buscar esas tijeras de la costura melladas, o ese cuchillo de cocina cuya hoja se había vuelto roma, o la navajita de rajar las “acitunas” que ya no cortaba, para que el Afilador se las compusiera y dejara como nuevos.

(Afilador 1912 - Dibujo de Varela - Hoja Revista Blanco y Negro)
 Al poco aparecía el afilador por la esquina de una boca calle, con un babi del color del papel con el que en las tiendas de comestibles te “liaban” los “mandaos”, calzando alpargatas y con la cabeza cubierta con una boina, cargando a cuestas el banco de afilador y con un largo tropel de chiquillos tras de sí, que con las manos en la boca, ahuecadas a modo de una figurada armónica, lo acompañaban simulando con sus voces el sonido de la melodía inconfundible que lo identificaban. 

Cuando enfilaba la calle, ya el afilador alternaba su música reclamo con su potente voz de barítono pregonero: “El afilaoooooooor, niñas el "afilaoooooor" , se afila "to" lo que antes cortaba y ahora no corta, navajas, tijeras, cuchillos de mesa y de "pescao" ……niñas que llega el "afilaooooor, cuchillos de matanza, hoces, picos, escardillos, cualquier instrumento de corte… El Afilaooooor..” y de nuevo la armónica.
(Banco de Afilador)
 Entonces las mujeres iban saliendo a las puertas de sus casas y se arremolinaban en torno a él, que depositaba el banco con las ruedas de afilar en el lugar elegido. “a ver si puede usted recomponerme estas tijeras, que tanta faltita me hace para la costura”, o “ mire usted como está el cuchillo de la matanza, ésto no mata ni a una mosca”… y el trabajador ambulante depositaba en el suelo su “banco de afilador”, que era una especie de carrito con una rueda grande que daba movimiento a la redonda piedra de esmeril, base del trabajo de afilado. Esta misma rueda también servía para desplazar de un lugar a otro el bando de trabajo.


(Afilador -   Alonso Pérez  - Hoja de la revista Blanco y Negro)
La rueda giraba mediante un pedal de tableta a la que el afilador daba movimiento con la pierna derecha y que le daba el impulso necesario para tomar velocidad. Cuando la piedra ya había tomado la velocidad adecuada, el Afilador depositaba en ella, sujetándola con los dedos, la hoja a afilar y producía un sonido similar al rechinar de dientes pero en una intensidad elevada a la novena potencia. Al contacto de la hoja con la piedra de esmeril, brotaban infinidad de chispas de luz (candela), que simulaban fuegos artificiales pero a baja altura.

(Afilador Kinife Grinder - Grabado siglo XIX)
La chiquillería se alborotaba metiendo las manos bajo el torbellino de luminarias aún a costa de llevarse algún que otro coscorrón y una reprimenda de sus madres. “Chiquillo tú estás loco, quítate de anda, bajuno que te vas a achicharrar”, y ellos hacían siempre el último intento de asir al vuelo alguna que otra de esas doradas chispas que salpicaban por doquier y que tanta ilusión les hacía.
Los cuchillos, tijeras, y otros utensilios afilados por el afilador duraban años. Siempre eran los mismos, afilados una y mil veces. En ocasiones, la hoja mermaba considerablemente por el desgaste del afilado. Pero seguían siendo utilizados.


Un real costaba afilar unas tijeras o un cuchillo de mesa o navaja, y dos reales el cuchillo de la matanza o cualquier otro utensilio del campo.
Cuando ya el utensilio estaba afilado, el Afilador saca un harapiento trapo que tenía colgado del cinturón de su grisáceo babi y con el arma en la mano, cual si de una espada sarracena se tratase, asestaba un tajo al trapo que lo rasgaba sin piedad, prueba indiscutible de que su trabajo se había realizado a la perfección.

El de Afilador era un trabajo ambulante del que el protagonista no era siempre necesariamente de la localidad. A veces pertenecía a otra cercana, y muy de temprano emprendía su recorrido por los pueblos o aldeas cercanas, banco al hombro, para poder recaudar lo necesario para mantener a su familia. Ya lloviera, tronara, o arreciara el calor del verano, él salía cada día por los polvorientos o enfangados caminos a realizar su tarea. Si volvía con el jornal justo para subsistir se daba por satisfecho.

(Afilador-Oleo sobre tela - Jovita Lòpez Vérez)
En un principio, el afilador también reparaba paraguas en el tiempo de lluvia, pero este quehacer se fue perdiendo con el tiempo.
Sobre la década de los años 60 del pasado siglo, fue cambiando su banco de afilar por una bicicleta, con la rueda de la cual daba movimiento a la piedra de afilar. 


Era una bicicleta provista de una estructura plegable sobre la que se elevaba la rueda trasera, de este modo, el afilador pedaleaba para dar impulso a la rueda de afilar sin que la bicicleta se desplazara. Posteriormente la bicicleta sería cambiada por una motocicleta que servía como correa de transmisión para obtener la misma finalidad.


Hoy en día la bicicleta y la motocicleta se han cambiado por una furgoneta con un altavoz en el techo, que mediante una grabación, simula la melodía y el pregón del Afilador. Las amas de casa siguen saliendo de sus cocinas, ahora vestidas de fuego de vitrocerámica, y cuchillos con el mango de plástico, para que se los afile, y quedan contenta con el trabajo, pero en la historia colectiva de todas sigue estando esa otra melodía y medio de transporte rural, alegría de las comadres al percatarse de su llegada y gozo de los niños tan solo de imaginarse afortunados de asir con sus manos estrellas fugaces.

Voceadores De Prensa

jueves


("Vendedor de Periódicos"-  Rogelio García Vázquez)

El vendedor de periódicos fue un personaje habitual en la ciudad a principios del Novecientos, pieza indispensable en la comercialización del producto, el cual vendía, bien en los puestecillos o kioscos, o bien pregonando la mercancía por la calle: eran los Voceadores de Prensa cuyo trabajo se basaba en el pregón callejero.


Tanto el Vendedor del Kiosco como el Voceador de Prensa constituían la punta terminal de la cadena económica de la industria periodística.
Llegaban muy de temprano (horas antes de que amaneciera), al lugar en donde obtenía las publicaciones recién salidas de las rotativas y elaboradas durante la noche, para venderlas después por la ciudad. Una vez obtenidos los periódicos, se trasladaban al sector en el que realizarían la venta, bien al kiosco, o bien al sector que se le tenía asignado, si se trataba del Voceador, pues cada vendedor ambulante tenía especificado el suyo, generalmente por acuerdo entre las jerarquías del gremio basadas en la antigüedad.

El Vendedor Ambulante, con los periódicos correspondientes se apostaban en la esquina establecida, de la que se desplazaban unos pasos arriba y abajo gritando con toda la fuerza que le permitían sus pulmones el pregón de la Prensa que todavía se mantenía como costumbre, nombrando las cabeceras de las editoriales: “El Porvenir”, “La Andalucía”, El Español” y “El Progreso”, que fueron referencias en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, o:

“El periodicooooooooo”… “Las últimas noticias recién salidaaaaasss”, y ofertando a comprar un ejemplar a todo aquél que pasaba por delante, hasta que conseguían vender el último, si el día era de suerte.
Dos Damas y vendedor de Periódicos- Sirca 1900 




Ya fuera invierno, o verano, el Vendedor de Periódicos se veía obligado a permanecer a la intemperie para realizar su trabajo, protegiéndose con una gorra del sol del estío, o en las jornadas frías de invierno, cubriendo su tórax, con hojas del ejemplar de la víspera, que lo abrigara y lo aislara del frío.
Los puestecillos de prensa comenzaron a instalarse a finales del siglo XIX y primeros lustros del XX, y estaban construidos de forma precaria, bien en los soportales de un edificio, bien a la puerta de algún comercio o cafés del centro, como El Madrid, El Central, El Suizo y otros tantos.

Puesto en la Plaza de San Francisco - 1912


En la puerta de Casa Rubio - 1919 




En la Calle Sierpes - 1915

El voceo o pregón de la Prensa fue el sistema generalizado hasta después del verano de 1936, cuando tras el estallido de la guerra civil se prohibió la venta callejera de periódicos de información general, aunque sí podía hacerse en establecimientos cerrados, como tabernas, cafetería, bares y hoteles. El voceo callejero solamente estaba permitido para dos tipos de noticias, las deportivas y las del sorteo de navidad, y alguna que otra hoja editorial publicada los domingos por la tarde o los lunes por la mañana.
También a partir de esta fecha se procedió a eliminar de las calles todos los puestecillos de periódicos, según la comisión gestora del momento: “debido la imagen antiestética, de los puestos de toda índole que, a manera de plaga, llenan la ciudad, generalmente las vías céntricas, afeando su aspecto y dificultando el tránsito de peatones y vehículos”.
Como consecuencia, se comenzó a proceder al levantamiento de kioscos de mampostería exclusivamente para vender periódicos en la ciudad.
Estos kioscos eran adjudicados en régimen de pública licitación, mereciendo una concesión especial los inválidos de guerra que en el momento se desarrollaba en España, mediante el derecho de tanteo de subasta.
Entre Cárceles - 1944


 Con la construcción de estos kioscos, se perdió por completo esa entrañable imagen del jovenzuelo voceando las cabeceras y ofreciendo el periódico por las céntricas calles de Sevilla.

Datos Consultados:
*Memoria histórica de los vendedores de periódicos: Nicolás Salas

Lavanderas, Limpieza Y Confidencias

lunes

("Las Lavanderas" - Joaquín Vayreda-1887)
Aunque ya a principios del siglo XIX, se idearon las primeras lavadoras de manivela (la ropa se metía en una caja de madera con agua y se hacía girar con una manivela), eran pocas por no decir casi ninguna, las familias que disponían de ellas.

(Las primeras lavadoras de manivela - Postal de 1910)
Durante la edad Media el lavado de la ropa se hacía una vez cada quince o veinte días, y bastantes años más tarde, una vez a la semana.

("Lavanderas"-Casimiro Sainz-siglo XIX- Colección particular Madrid)
Las mujeres lavaban la ropa de su propia familia, habitualmente ayudada por alguna de sus hijas.

("Niñas lavando la ropa "-foto de Eulalia Abaitua-Museo Vasco- finales siglo XIX)
Si la familia era pudiente, el lavado lo realizaban, previo pago, mujeres que se dedicaban a tal fin: La Lavanderas. En uno u otro caso el proceso era el mismo.

Antes de que clareara el día, ya fuera invierno o verano, hiciera frío o calor, salían las lavanderas camino del río o el arroyo, que a veces distaba varios kilómetros, cargando un enorme lío de ropa sucia, bien sobre sus cabezas, bien en grandes cestos de mimbre o bien envuelta en un hatillo de tela de algodón, y un buen trozo de jabón que ellas mismas confeccionaban.
(Lavadero en 1906 - Fotografía de Julio Muñoz - Fotos con Historia)
A orillas de la corriente, arrodilladas sobre una piedra o madera, se daban en primer lugar a la tarea de enjabonar la ropa, golpearla con un mazo sobre la piedra y restregarla con ceniza para quitarle la mayor suciedad posible.
("Lavanderas en el río" - Cecilio Pla-1897 - La Ilustración Española)
Posteriormente la esparcían extendidas sobre la hierba a fin de solearla y que el sol fuera quintando las posibles manchas o el color amarillento. De cuando en cuando rociaban las prendas con agua para que no se secara.
(Lavanderas - Sin datos)
Una vez soleada, de vuelta a enjabonar, restregar y por último darles varios enjuagados y volverlas a esparcir sobre la hierba para su secado. Esta labor llevaba todo el día, y al caer la tarde, se procedía a recogerlas, doblarlas y volverlas a meter en los cestos para emprender el regreso.
("Pretendiendo a la lavandera"-Rafael de Latorre-siglo XIX-Colección particular)

Podía ocurrir que por inclemencias del tiempo la ropa no se hubiera secado. En este caso la vuelta había que hacerla con la ropa mojada (duplicando así su peso), y procurar por todos los medios de secarla en casa de todas las maneras posibles, la mayoría de las veces, al calor de una candela.

De cuando en cuando algunos galanes solían acercarse al lugar de lavado para agasajar a las lavanderas casaderas. Entraban en conversación y algunos las ayudaban a cargar con la ropa limpia a la vuelta.


Las mujeres que se dedicaban al oficio de lavanderas, realizaban esta labor todos los días, ya que era el medio de llevar un pequeño jornal a casa. Estas mujeres a lo largo de años de duro trabajo, sufrían un gran desgaste en su cuerpo, tanto por ser un trabajo muy duro, como por el continuo contacto con la humedad del agua y del suelo. Era uno de los trabajos más sacrificados.
(Lavanderas de Córdoba-fotografía de Jeant Laurent-finales siglo XIX)
El lavado en los lavaderos de los patios o corrales se efectuaba en un lugar más apartado de los mismos adecuado para tal fin. Allí estaban dispuestas un número considerable de pilas de piedra, alineadas unas junto a otras.
(Antiguos Lavaderos de La Orotava-Principios siglo XX - foto tertuvliavillera)
Se usaban por turnos de días, pues no había suficientes pilas para todas las vecinas que las demandaban, por lo que cada una tenía asignado un día para realizar su colada.
La noche anterior al lavado, y una vez separada la ropa blanca de la de color, procedían a sacar agua del pozo del patio o corral, o de la fuente más cercana para llenar la pila, y allí metían la ropa blanca con una mezcla de ceniza y jabón, dejándola toda la noche en remojo para que la limpieza fuera más efectiva.
Cada lavandera disponía de una tabla de lavar, consistente en una tabla de madera con ranuras horizontales contra la que restregaban las prendas. De ahí, y una vez bien exprimidas, eran introducidas en otro recibiente, bien de madera, bien de zinc, su aclarado. De nuevo vuelta a escurrir .
Las prendas de gran tamaño como las sábanas, eran exprimidas entre dos vecinas por el método de retorcer. Cada una tomaba un pico de la prenda y la iban retorciendo en el sentido contrario a la otra.
Y por último tenderla en los tendederos, hechos de cuerda y que se elevaban con ayuda de una “tranca”, especia de palo con la punta en forma de horquilla en la que se metía la cuerda para después subirla y dejarla a una altura considerable para que su secado fuera más rápido.


Tanto el lugar de lavar la ropa, ya fuera el río o el arroyo, o el lavadero del corral o del patio llegaba a ser en ocasiones el mentidero del mismo.
(Lavanderas en 1927 - fotografía web Badajoz Ayer y hoy)
Allí se contaban todos los chismes, se decían todos los dimes y diretes, y se hacían las confidencias más inconfesables.
Tampoco faltaban las discusiones entre vecinas por aquello de que “tú le dijiste a Fulana que lo le había dicho a Mengana…” o “mira dile a tu chiquillo que no se meta más con el mío, que como yo me meta “por medio” se va a liar la de Dios es Cristo…” y en fin por otras cosas triviales que eran provocadas por la convivencia diaria, y que no había lugar ni momento mejor para sacarlas que en los lavaderos.
Había ocasiones en las que incluso dos vecinas llegaban a las manos y se daban una a otra una soberana paliza entre bocados y tirones del pelo, teniendo que ser separadas por las compañeras de lavado.

Aunque no era un caso muy común, había veces en que alguna vecina listilla, envidiosilla, o tal vez necesitada, se adueñaba de la prenda de otra. Esto, si era descubierta, era uno de los más justificados motivos para enzarzarse en una pelea. En este caso, las demás, reprendían severamente a la hurtadora.

("El Lavadero"-Andrés de Santa María 1887 - Museo Nacional de Colombia)
Al final del día, cuando ya toda la colada estaba limpia y seca, cada una se metía en su sala con su cesta de ropa y todos tan contentos, que las peleas y trifulcas de los corrales, como el “dolor de la suegra”, pasaban pronto. Ya en la segunda mitad del siglo XX las lavadoras se fueron introduciendo en la mayoría de los hogares, pasando a segundo plano el lavar en las pilas, y con ello, la dura tarea del lavado y el sacrificado oficio de las lavanderas.

Carboneros Y Carbonerías, Oscuridad Necesaria

jueves

Digo carbonerías y no me refiero a las que se encontraban en medio del campo donde quemaban grandes montañas de leña, cubiertas de paja y tierra para que su combustión fuera más lenta y diera como resultado el carbón vegetal.


Cuando digo carbonerías me refiero a esos lugares de antaño dónde se vendía el carbón, hoy casi totalmente desaparecidos, pero que siguen vivo en el recuerdo de aquellos que las conocieron y las vivieron, aquellos que saben que lo que se vendía en ellas era algo sumamente primordial en la vida cotidiana.


(Una Carbonería en 1930)


Las carbonerías surtían a la población de carbón, algo necesario para el vivir de cada día, y raro era la calle que no contaba con una. Estaban instaladas, bien en un local adecuado para ello, o bien bajo una techumbre colocada en la misma casa en la que vivía el vendedor del producto: El carbonero.


(Interior de una Carbonería)

Adentrarse en una carbonería era como entrar en otro mundo, un mundo oscuro en el que nada más cruzar el umbral, una nube de polvillo oscuro que vagaba en el ambiente casi hacía perder el contorno de los escasos utensilios que allí había. Paredes y suelo lucían igualmente negros. De entre la nebulosa de polvo salía el carbonero, hombre del que nunca se sabía a ciencia exacta el color de su piel, pues siempre estaba tiznado de oscuro, igual que sus manos y el delantal que llevaba puesto para no mancharse la ropa, cosa que a duras penas conseguía. Si acaso podía distinguirse a duras penas el blanco de sus ojos o el de sus dientes, si es que los tenía, que la población de entonces era propensa a la pérdida de las piezas dentales.


Había en la carbonería una romana para pesar y una pala con la que el carbonero cogía el producto que pedía el comprador, y volcarlo posteriormente en el recipiente que se llevaba para ello, por regla general un cubo de hojalata o un latón al que se le había acoplado un asa.


Dentro de la carbonería se apelotaban los sacos de carbón, de cisco carbón y de cisco picón, y al fondo, en un rincón, el carbonero amontonaba los desechos que iban quedando para venderlo como carbonilla que era muy apreciada para que prendieran bien las llamas. Era lo que se vendía en las carbonerías, aunque posteriormente y cuando hubo algo más de progreso, también se vendía petróleo para las hornillas que cocinaban con este producto.






(En algunos lugares el carbonero felicitaba las Pascuas a cambio del Aguinaldo. Felicitaciones de 1940)












Era obligación de cada día comprar el carbón para el consumo diario de cada persona o familia.

A comprar el carbón, además de las mujeres, iban generalmente los niños mandados por su madre, quienes se entretenían de vuelta para su casa, en pintar con un tizón de cisco las paredes de la calle a la par que caminaban. Luego llegaban las reprimendas de las madres por llegar tiznados.


Se compraba para cocinar el carbón, que las amas de casa introducían en el poyo de hornilla que era un banco de obra adosado a la pared de, más o menos, un metro de altura, recubierto de azulejos y donde estaba empotrado el fogón de hierro que se denominaba hornilla. Al frente del poyete se abría la boca de una pequeña galería por la que se accedía al fondo del fogón o boca de la hornilla. Una vez el carbón dentro, encendía la lumbre introduciendo papeles ardiendo por las bocas hornillas. Por ahí se sacaban además las cenizas y se podía avivar el fuego por medio de un soplador que era como una especie de abanico de esparto.


Para calentarse y encender el brasero se compraba el cisco picón. El brasero no faltaba en ninguna casa que se preciase y por regla general se encendía al caer la tarde. Primero se ponía en el fondo del mismo una capa de carbonilla y se le prendía fuego, y una vez hecha brasas, se cubría el cisco picón. De cuando en cuando había que “menearlo” con la badila para que no se apagara y resurgieran las brasas de nuevo. Para que la estancia oliera bien se le echaba a la candela alhucema.


(La mujer del Carbonero- Años 60)


Pero no todos los que vivían del oficio de carbonero tenían la misma suerte. Había también otros cuyo poder adquisitivo les negaba el privilegio de disponer de un local para su venta, por lo que no les quedaba más remedio que dedicarse a su venta ambulante.


(Carbonero Ambulante)

Cada mañana salían de su casa con dos grandes sacos de carbón y pregonaban su mercancía de puerta en puerta: “¡niña, el carbonero!”, y las mujeres salían a la calle con sus correspondientes cubos a comprar la mercancía.


Los carboneros ambulantes que gozaban de una poca de más suerte se servían de un mulo, igual de tiznado que él, para que les llevara la carga en las angarillas.


Ya no huelen las calles al carbón quemado que se escapaba a través del humo de las chimeneas, ni los chiquillos pintan con un tizón negro las paredes, ni se ve al carbonero, imagen oscura que generalmente ocultaba tras su negrura el blanco inmaculado de la fraternidad de antaño.


(Carbonero Ambulante en burro sobre 1950)

Como final, esta coplilla popular:


“Vaya una gracia,
vaya un salero
que tiene, madre,
mi carbonero.”


Imágenes: Todocolección.net, Oronoz, Ebay