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Barcos De Ruedas De Sevilla A Sanlúcar

lunes

El Guadalquivir tuvo hasta casi la mitad del siglo XX, un gran protagonismo mercantil, como cauce utilizado para las comunicaciones fluviales de pasajeros y mercancías entre las diversas localidades de la rivera, tomando como base de partida y llegada el muelle de Sevilla y también el puerto de Sanlúcar de Barrameda.
Fue coronando la primera mitad del siglo XIX, cuando se formaron los primeros veraneos de los sevillanos modestos en el mar. El destino era Sanlúcar de Barrameda, y el trayecto lo hacían, generalmente ,en los atrayentes barcos de ruedas, que en su día, navegaron por el Guadalquivir.

En 1870 había navieros, cono Nieto García, que ofrecían servicios casi a diario en el invierno, entre Sevilla y Sanlúcar. El vapor Victoria era uno de los más solicitados. 

 (Cartel publicitario linea de vapores)

También se ofrecían servicios de ida y vuelta durante los meses de verano, con servicios especiales los sábados y domingos, conocidos como “viajes redondo”, con un solo billete. Este servicio era el preferido por los veraneantes modestos sevillanos, que así podían abandonar la ciudad durante el caluroso verano y bañarse en las playas de Bajo Guía y Sanlúcar de Barrameda.

 ("Sin Título" - Acuarela y guanche sobre cartón - 1942 - Rafael de Penagos)

En los años 1885-1900, viajaban entre Sevilla y Sanlúcar los vapores San Telmo y Victoria, y entre finales del XIX y primeros lustros del XX, los vapores Margarita, Bajo de Guía, Sanlúcar, Triana y Guadalquivir hicieron la línea San Juan de Aznalfarache, Gelves, Huertas del Copero, Coria del Río y Puebla del Río. Casi todos estos vapores hicieron los servicios de veraneantes de fines de semana desde Sevilla a Bajo Guía, en Sanlúcar.
 (Vapor San Telmo)
(Vapor Triana)

Todo esto para los sevillanos fue una época irrepetible. Los vapores partían en la estación fluvial del Altozano, desde el puente de madera que estaba junto al de Triana, en la acera de la calle Betis.

 (Vapor Sanlúcar bajo el Puente de Triana)
 (Estación Fluvial)


Desde varios días antes de la partida, los viajeros se afanaban en preparar los enseres y viandas que viajarían con ellos y de las que disfrutarían una vez junto al mar. Se compraban sandías y melones que cargaban en cestas de esparto, verduras frescas para preparar el apetitoso “aliño”, y aquellos a los que su bolsillo se lo permitía, los “bictés empanaos”.
La chiquillería alborotaba nerviosa alrededor de los mayores empaquetando la pelota y el cordel de saltar a la comba, y la noche antes mal dormían soñando con los saltos entre las olas y la ilusión de volar un pandero (cometa).
 Los días de salida, todo era puro bullicio cual la más de las importantes fiestas, tal era como vivían los sevillanos estas salidas. Se echaba a cuesta colchones, enseres, sin olvidar esas cestas de alimentos para degustar a la orilla del mar, en plena playa sanluqueña. 
(Playa de Sanlúcar de Barrameda)

Sentados los más jóvenes en la dorada arena, y los no tanto en los veladores de los chiringuitos playeros, disfrutaban de la brisa marina y del olor a salitre a la par que llamaban al vendedor heladero que pregonaba “¡Al rico helado mantecado!”, tan exquisitos de la zona, o al vendedor de camarones y cangrejos.

 (Casetas para cambiarse y Chalets sanluqueños para los más pudientes)
(Chiringuito en Sanlúcar)

El domingo por la tarde se preparaban para la vuelta, y regresaban con el alma henchida y el cuerpo quemado por los rayos del sol. A cambio habían conseguido salir de Sevilla en los meses de Julio y Agosto, bañarse en las aguas del estuario del Guadalquivir, vivir las mañanas playeras y noches sanluqueñas, y mirarse en los bosques del Coto de Doñana. 

Demasiados lujos para aquellos modestos sevillanos que pudieron permitírselo gracias a los servicios navieros que se implantaron en la zona.

Imágenes:
* Sevilla, Imágenes de un Siglo

Trifulcas En La Playa De María Trifulca

miércoles

Playa de María Trifulca años 1950-1951

Contrariamente a las varias zonas de baño reglamentadas que había en Sevilla, en algunos puntos del río Guadalquivir, como la que había junto al puente de Triana, que contaba con cajones de seguridad, o la de Sevilla, había otras furtivas, situadas entre Los Humeros y La Barqueta, que se formaron a finales de los años veinte en los cortes del cauce del río Guadaira.
Era una zona aldeaña al gran cortijo del Batán, denominado la Punta del Verde, donde también se encontraba el cortijo del Tilde y algunas huertas, como la del Portugués, del Mayoral, De Punta, Plata Chica, Plata Grande y Nueva.


Ya en plena guerra civil, mediados los años treinta, aquella doble playa comenzó a llamarse Playa de María Trifulca, y no solamente porque se contaba que por allí habitaba en un chozo, una antigua madame de alguna casa de citas de la Alameda, sino también por los frecuentes altercados que allí se producían.
Esta llamada playa de María Trifulca estaba abierta los domingos a todos los muchachos, bien de la ciudad o bien de los pueblos limítrofes, pero entre semana, era playa propia de todo tipo de personajes que buscaban satisfacer sus deseos sexuales, entonces prohibidos y perseguidos, y cualquier otro tipo de vicio.
También allí se daban cita alguna que otra prostituta de baja ralea, que por un módico precio, iniciaban a los chiquillos en las artes amatorias.

María “La Trifulca”, tenía también en su chozo-ventorrillo como clientes, además de los pescadores y cazadores dominicales, prostitutas y homosexuales que eran los asiduos entresemana, y que ejercían su oficio en el muelle de la Paja. Allí las mujeres esperaban a los marineros que atracaban sus barcos en el muelle de las Delicias y la corta de Tablada, a los que además de ofrecerles sus servicios sexuales, se prestaban a lavar la ropa de los embarcados.
Del chozo-ventorrillo eran asiduas varias prostitutas de sobra conocidas, como “La Rebeca”, madre de un homosexual; “La Marinera”, “Lola Flore”, “La Gloria”, “La Inés” “La Andaluza”… y otras menos conocidas que retozaban por allí de tanto en tanto,
De todas ellas, “La Andaluza” y “La Marinera” eran las más populares y las que más buscadas por los marineros, que llegaban a hacer turnos de espera para gozar de sus servicios.
Estas mujeres se buscaban la vida como buenamente podían, bien esperando durante la noche que llegaran los clientes, o bien yendo a buscarlos ellas mismas al tinglado portuario número diez, el último de la corta de Tablada. 
 Playa de María Trifulca años 1950-1951

Comenzaban a andar por las orillas atravesando el puente de Alfonso XII hasta llegar al muelle número diez. Allí tomaban contacto con los marineros y regresaban con ellos hasta el muelle Paja cargando los cacos de la ropa sucia de ellos, y que ellas lavaban.
Otras más jóvenes llegaban andando hasta la esclusa. Allí se subían a los muros cercanos al dique para saltar a los barcos, preferentemente los norteamericanos, dado que allí abundaba la comida, y reunirse así con los marineros que ya conocían.
Los lugares en donde vivían las prostitutas de la playa de María “La Trifulca” eran totalmente precarios: lo mismo vivían en el mismo muelle de la Paja, en chozos rodeados de grandes eucaliptos, o míseros huecos hechos en los bloques de paja, que lo mismo le servían para guarecerse que para retozar con los hombres con los que se acostaban.

Tampoco faltaban en la playa de María “La Trifulca” los barqueros, personajes indispensables para trasladar a las personas entre ambas orillas. Habituales eran los ya veteranos Antoñito, que era natural de Gelves, y Antonio Lara Abad, indispensables en la Punta del Verde. Posteriormente, y coronando la mitad de la década de los cuarenta, se agregó Joaquín Mije, que se asoció con Alonso el Ventero, y explotaban el negocio entre ambos.
Con barcas pequeñas, con una cabida para cuatro o cinco personas, cuyo precio por el trabajo de trasladarla era de dos reales por persona.
Las corrientes de río eran primordiales pare realizar estos traslados, pues era aprovechada el sentido de las mismas para atravesar su cauce: en bajamar realizaban un amplio círculo hacia el Norte, en dirección a Sevilla, dejándose llevar lentamente por la fuerza del agua, hasta llegar al embarcadero de la otra orilla.
En caso de que fuera pleamar, las maniobras se hacían en sentido contrario al anterior, es decir, hacia el Sur, dirección a la desembocadura.
Otra de las actividades que clandestinamente realizaban los barqueros durante los “años del hambre”, era la de transformarse en transportadores nocturnos de mercancías de estraperlo, mercancía que era recogida en los pueblos rivereños y llevada hasta las zonas traseras del Barranco del pescado y hasta las orillas de la vega de Triana.

Ni que decir tiene que esta playa estaba totalmente vetada por sus progenitores a los adolescentes y los más jóvenes, por ser considerada como amoral y cuna del antro, dados los numerosos escándalo morales que allí se protagonizaban. Ningún joven decente podía poner los pies allí bajo el peligro de pecar gravemente contra el sexto mandamiento, siendo incluso un tabú pronunciar su nombre en los hogares.
Sin embargo no por ello renunciaban a visitarla. Una vez entrada la edad juvenil, era condición indispensable sumarse al grupo de los que ya se habían estrenado en ella.
La experiencia inolvidable los hacía estar totalmente unido a los mayores del barrio, por el gran secreto compartido.

Fuente de Datos:
*Sevilla en tiempos de María Trifulca – Nicolás Salas
Imágenes:
*”Sevilla Imágenes de un Siglo” - ABC

A Las Puertas De Corrales Y Casas

lunes

 ( Patio Andaluz - Manuel García Rodriguez - Imagen Oronoz)

Los calurosos veranos, que alcanzan temperaturas superiores a los cuarenta grados en el sur de la península, siempre han sido un azote para los sevillanos, que más mal que bien, intentaban sobrellevarlo de la mejor manera posible.
La gran mayoría de los sevillanos del Novecientos no conocía el mar, a no ser porque lo hubieran visto en la cinematografía muda o en las revistas. El mar era para ellos el gran desconocido.
Cuando el calor arreciaba en la Sevilla novecentista, con más grados que ahora dado que no existían los regadíos agrícolas que facilitan la refrigeración de los vientos que llegaban del Atlántico, o los del Sur-Oeste que son los dominantes en Sevilla, luchaban contra el sol bañándose en el Guadalquivir, arteria fluvial de la ciudad.

Los chiquillos buscaban el fresco, entre juegos y algarabíos improvisando sus baños en plena calle, chapoteando al borde de las fuentes públicas o en las bocas de riego de las calles. A los niños todo les estaba permitido.

 ( Baños en la boca de riego- Imagen "Sevilla Imágenes de un Siglo" - ABC)

Los mayores tenían que conformarse a golpe de abanico o de gorra, y al chorro del agua fresca del búcaro, colocado ceremonialmente en el rincón más fresco del zajuan de las casas, la mayoría de las cuales eran corrales de vecinos en los que las familias con numerosos hijos malvivían en una o dos habitaciones sin aseos, ni electricidad ni agua. Debido a ello se hacía la vida de patio y de calle. Las tabernas eran el lugar donde los hombres pasaban la mayor parte de su tiempo libre de trabajo, regresando a la noche a sus casas con un día de calor echado a las espaldas.

Las casas unifamiliares que constaban de dos plantas, llevaban una doble vida según la estación del año: en invierno se vivía en la planta alta, y en verano, para combatir mejor el calor, en la baja, y en cada estación se cubrían los muebles no utilizados con lienzos o sábanas. La incipiente clase media guardaba los alimentos en fresqueras, que eran unos cajones con paredes de alambres trenzados que colgaban en los patinillos, a salvo de gatos y alimañas. Las neveras con serpentines enfriados con hielo eran privilegio de la burguesía y nobleza.
Se preparaban entonces los sevillanos para luchar contra el calor de la noche, que prácticamente las pasaban al fresco de los patios y puertas de los corrales o las casas.

En cuanto el sol comenzaba su descenso, las mujeres y muchachas de los corrales y patios se afanaban en regar las macetas y los arriates con agua recién sacada del pozo, y luego hacían lo mismo con los patios y las puertas de las casas, espurreando con la mano agua desde los cubos.
Aprovechaban entonces los chiquillos el momento húmedo para cazar zapateros y mariposas. Entre los grandes adoquines de las calles pinchaban cañitas y esperaban que las pobres presas se posaran en ellas en busca del agua. Era el momento de hacerse con ellos y pelearse luego por ver quien había cogido más y de más colores.
 ("Concierto Vecinal" - Enrique Simonet - 1901)

Cuando ya comenzaba a oscurecer, se sacaban a las puertas de los corrales o casas las sillas bajas de eneas o banquetas, donde se sentaban a saborear un buen trozo de sandía o melón que la gente enfriaba metiéndolos en los cubos para sacar el agua y dejándolos durante horas en el fondo.
Allí solían hacer tertulia los vecinos entre chácharas y a veces entre cantes y bailes si el día era de fiesta. Se arracaban al cante al rasjeo de la guitarra, mientras que los niños jugaban a “piola” y las niñas a la “gallinita ciega”, o “cortar la calle para que no pase nadie”.

 ("Solo de guitarra en una noche calurosa" - Enrique Simonet 1906)

Tertulias que duraban hasta altas horas de la madrugada, esa hora en la que por fortuna el calor da un ligero respiro que les permitía ir a sus catres, o la manta que habían extendido al lado de un arriate, a dormir las escasas horas que les quedaban hasta el amanecer, para emprender de nuevo la lucha contra el astro rey.

Fuente de Datos: 
*Sevilla Ayer y Hoy - Nicolás Salas - rd editores.
Imágenes:
* Oronoz
* "Sevilla, Imágenes de un Siglo" - ABC
* Todocolección.net

Sifones, Gaseosas y Zarzaparrillas

sábado

Con la llegada del calor, una de las maneras de refrescarse en las tardes en las que el astro rey amenazaba con derretir todo lo que se cruzara en su camino, estaba obligado el “tomarse un refresquito”. Era una delicia saborear un vaso de la bebida burbujeante y fría destinada para tal fin, dentro de la escasa variedad que había: Sifones, Gaseosas o Zarzaparrillas.

 (Publicidad Sifón 1911)

Los sifones comenzaron a fabricarse en España en el siglo XIX, en farmacias y hospitales dado que se utilizaban para remediar los males estomacales, pero posteriormente pasó a ser una bebida refrescante digestiva,  que no solía faltar en ningún hogar que pudiera permitírselo, y en los que no, al menos se conformaban con disfrutarla los fines de semanas de verano.


 (Botella de sifón antigua)
(Sifón "La Ibérica" de Sevilla)
(Sifón "La Juncal" años 60)


Posteriormente hicieron su presencia las Gaseosas Blancas edulcoradas, bebida genuinamente española, y ya en la década de 1930 hicieron su aparición las Zarzaparillas, gaseosas a base de cola, así como las de sabores a naranja o limón.

En Sevilla había varias fábricas dedicadas a la elaboración de estas bebidas: concretamente en el barrio de Triana las de “El Cachorro” y “Zepelín” fueron muy populares.



Marcas sevillanas muy conocidas fueron Ondina, Zepelín, El Cachorro o La Juncal.

 (Caja metálica Gaseosa "La Juncal")

Para su reparto se utilizaban carros tirados por mulos o hisocarros.

El repartidor iba calle a calle pregonando su mercancía si lo hacía en carro a la voz de “¡Niña el Sifón”. 

Si por el contrario las repartía en el hisocarro no hacía falta que pregonara pues el ruido en sí que ya producía el vehículo hacía a los vecinos salir de sus casas para comprar el refresco.

 (Hisocarro)

Como eran pocos los que disfrutaban del lujo de poseer una nevera, el enfriado, se hacía bien en un barreño entre barras de hielo, o bien sumergido en lo más profundo del pozo, dentro de la cubeta.

Un vaso bien fresquito de gaseosa o zarzaparrilla era un regalo divino para los chiquillos que volvían acalorados a sus casas, en esas calurosas tardes de verano, de jugar en la calle a coger zapateros, a las chapas o a piola.

(Zarazaparrilla años 60)

Las madres no solían llenarles el vaso hasta el borde, siempre faltaban dos o tres dedos para llegar a él. De esta forma se alargaba su consumo para que durara más, y los chiquillos se lo tomaban de un solo trago, sin respiración y manchando todo el vaso de vaho, a la par que sonidos guturales salían de sus labios cuando intentaban sorber las invisibles gotas que pudieran haber quedado en el fondo del mismo.

 (Publicidad Zarzaparrilla años 60)

Inolvidables aquellos sabores añejos de la infancia, de los Sifones, las Gaseosas, y las Zarzaparrillas.

Fuentes de Datos:
Sevilla Ayer y Hoy - N. Salas

Imágenes:
Hemeroteca ABC

Tranvías De Mulas

martes

 (Tranvía de mulas en la parada de la Plaza de San Francisco)
A las ocho de la mañana del día 5 de Septiembre de 1887 se inauguró el primer tranvía de mulas en Sevilla, siendo el principio de un cambio en la forma de trasladarse los sevillanos.
 Se trataba de un carruaje igual que los demás existentes, tirado por mulo y a veces por caballos, con la diferencia de que su capacidad era mayor que los conocidos hasta la fecha, pues tenían capacidad para 18 viajeros, y la novedad de que en lugar de correr por el adoquinado pavimento lo hacía sobre raíles construidos precisamente para ello.
 (A su paso por Triana)
Dada la buena acogida que tuvieron, las líneas se fueron ampliando, y así, en 1895 ya existían cuatro cuyo origen de salida era la llamada hoy Plaza de San Fernando, y que llegaban hasta la Puerta Osario, la Macarena, La Calzada y Triana.
 (Plaza de la Constitución - 1909)
(Vista desde Triana)
Los primeros coches con los que se inaugura el servicio son simétricos lo cual permite volver por la misma vía con solo cambiar las caballerías de lado.
 (Arco de la Macarena)
Para subir algún puente, los tranvías de mulas, que conforme iban avanzando en su recorrido también iban incrementando el número de usuarios, contaban con la ayuda de algún caballo percherón que sacaban de alguna covacha cercana, para reforzar el tronco de mulas uniéndolo a ellas.
Y así, una vez engarzado, el percherón empleaba todas sus fuerzas empujando a hacer lo mismo a las mulas, hasta que se conseguía coronar la cuesta del puente. 
  (Calle Alemanes)
Una vez realizada la tarea, el percherón era desenganchado y vuelto de nuevo a su covacha hasta la llegada del próximo tranvía.
 (Alameda de Hércules)
A la entrada de la calle sierpes y en otras zonas de la ciudad, había pequeños servicios de agua para dar de beber a las mulas que regresaban de realizar su recorrido.
(Calle Granada)

(1908) 
Los tranvías de mulas tendieron a desaparecer en a partir de 1894, cuando la Compañía Sevillana de Electricidad puso en funcionamiento los tranvías eléctricos.

El Monte de Piedad Y Las Casas De Empeños

miércoles

(Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Madrid )
Creados en Italia, en 1431, como medida para combatir la usurería que concedía préstamos con unos intereses que triplicaban a veces su cuantía, el Monte de Piedad y las Casas de Empeño eran la esperanza y a la vez el suplicio del humilde trabajador, del pobre y del pudiente venido a menos o caído en desgracia.
Interior del Monte de Piedad - 1875 - Imagen de La Ilustración Española y Americana
Dependientes de un jornal imprevisible e incierto, encontraban en El Monte de Piedad y la Casa de Empeños el temido refugio al que no tenían más remedio que acogerse cuando se quedaban parados (sin trabajo), con el fin de obtener algunas monedas por cualquier prenda, o la sábana de la cama, o el vestido de los días de fiesta. A veces también iban a parar a La Casa de Empeños los muebles, e incluso la ropa de toda la familia, que tan sólo se reservaba cuatro harapos para cubrir su cuerpo.
(Una familia en la miseria - primera mitad siglo XX)
 Pero estas entidades tenían bien asegurada la devolución del préstamo, pues en caso de cumplido el plazo establecido para su devolución y no haberse ésta producido, la prenda salía a subasta pública, recuperando La Casa de Empeños su préstamo y perdiéndolo por completo el empeñante.
El humilde trabajador y toda su familia temían a Las Casas de Empeño casi tanto como al Hospital, dos lugares para ello que representaban a todos los males que se les podían presentar, y echaban mano de todo lo que estaba a su alcance antes de dar el temido paso, como pedir la caridad del prójimo, o “echar un pañuelo” lo mismo que cuando el cabeza de familia entraba en el hospital enfermo.
("La Miseria" - dibujo de  Luis Jiménez - 1887)
Cuando ya se habían agotado estos recursos y no había otro remedio, se acudía entonces a La Casa de Empeños de donde salían hechos unas almas en pena, sabedores la mayoría de las veces, que lo poco o mucho que habían empeñado no lo podrían recuperar nunca.
A la casa de Empeños acudía mayoritariamente la esposa que el cabeza de familia, tal vez por aquello de que el hombre no tuviera que pasar la vergüenza de pedir ayuda para su familia por no tener él trabajo para ganar un jornal.
Las madres iban acompañadas de sus hijos más pequeños por aquello de “dar un poco de lástima” y conseguir algún privilegio. 
 (El usurero y prestamista - 1870 - grabado La Ilustración Española y Americana?
Cuando ya ni El Monte de Piedad, ni Las Casas de Empeño podían socorrerles, no tenían más remedio que recurrir al usurero o prestamista, que por una cantidad irrisoria se hacía cargo de los maltrechos muebles y objetos que los otros antes habían rechazado por su escaso valor.
(A pesar de vender todo tipo de artilugios, era también una Casa de Empeños en 1930)
Son a los que más temía el desdichado en paro, según decían, porque eran como las garrapatas: te chupaban hasta la sangre.
En definitiva puede decirse que para el “pobre” varias cosas eran las que le quitaban el sueño:
La muerte, el Hopital, Las Casas de Empeño y los Prestamistas.

Fuente de Datos: 
*Costumbres populares Andaluzas : Luis Montoto
*La Ilustración Española y Americana

Imágenes: 
* La Ilustración Española y Americana

*Todocolección.net

Los Niños Del Plus Ultra

domingo


Casi todos los que hoy contamos más de cuarenta años hemos deseado alguna vez, en nuestra infancia, ser un niño de la “Operación Plus Ultra”.
En los primeros años de 1960, la mayoría de los ciudadanos de a pie carecían de lo básicamente imprescindible para sobrevivir; era una España en la que se premiaba y ensalzaba a las familias numerosas (había que procrear hijos para la gloria de España), y a los trabajadores que se esforzaban durante diez o doce horas por un jornal que no cubría las necesidades mínimas, una España en la que la mayoría de esa mayoría de ciudadanos vivían inmerso en la miseria y necesidad, conformándose con su surte. En aquella España se nos hizo ver y creer que esa miseria y necesidad era una virtud y se premiaba y santificaba como algo heroico.

(Joaquín Peláez, el primer niño que intervino en el programa "Todo Para Los chicos")
 A principios del mes de mayo de 1962, nació un programa radiofónico “Todo para los chicos”, emitido por la cadena Ser en el cual se fraguaría la idea, en 1963 la idea de lo que posteriormente se llamaría “Operación Plus Ultra”, promovido por la radio de la cadena Ser, la Confederación Española de Cajas de Ahorro, e Iberia, una mezcla de programa de radio, certamen o concurso, en el que cada año eran elegidos dieciséis niños de distintas edades y procedentes de varios países, cada uno de ellos protagonista de algún hecho heróico, la mayor de las veces acaecido en el anonimato, aún a pesar de su corta edad y que les era premiado, agasajado y homenajeado públicamente.
Estos niños premiados eran paseados por toda la geografía española a bordo de los aviones de Iberia, compañía aérea asociada a la idea puesta en marcha.

Eran los maestros, sacerdotes y entidades infantiles los que se encargaban de elaborar un informe sobre tal o cual niño de los que tenían constancia tenían, o habían tenido comportamientos brillantes y ejemplares en favor o ayuda hacia los demás. En dicho informe se resaltaban los valores humanos y cualidades personales de dichos niños. Estos informes eran estudiados por parte de un jurado y posteriormente tras deliberación, escogidos los dieciséis infantes que más destacaban por su ejemplaridad.

Las hazañas de estos niños, aunque todas tenían el mismo denominador común, el sacrificio personal para ayudar a los demás, eran muy distintas entre sí según los casos, como el de Berta Isabel Cuadrado, elegida en 1970, una niña huérfana de padre y cuya madre trabajaba como asistenta. Berta se dedicaba a cuidar de la casa, de un abuelo con 82 años y un tío inválido, o de Miguel Ángel Jerez (Miguelito), de trece años de edad, huérfano de madre que cuidaba de su padre, invidente, de su hermano Felipe, inválido de las dos piernas y de un hermano menor Pedrito. 

(Miguelito en las tareas cotidianas para ayudar a sus familiares)
 Otro de los casos fue el de la niña leonesa Rosa María Martínez, premiada en el año 1975 por cuidar cada día a una niña con síndrome de Down.



(Rosa María Martinez con su equipaje de Iberia)

Estos hechos les otorgaban a los niños los beneficios de un viaje por España y Europa, en donde se daban a conocer su vida y obras, eran recibidos en audiencia por Franco, y también por el Papa, se les otorgaban becas y regalos, se les agasajaba. 

(Los niños son recibidos en el Aeropuerto)
 Se les hacía homenaje público y salían en el NODO, noticiero español que se proyectaba obligatoriamente en las salas de cine inmediatamente antes de la película.

(Los Niños de la "Operación Plus Ultra" en audiencia con Franco)
La prensa también se hacía eco de sus hazañas y los seguía en sus viajes.

(Los pequeños héroes del año 1963) 
 
(Recorte de Prensa)

Todos los niños de la época soñaban con convertirse en un pequeño héroe reconocido por el mundo, aunque no todos llegaron a conseguirlo, a pesar de que más de uno rezaba cada noche para encontrar en su vida un alma necesitada a la que ayudar.

El programa duró desde 1963 hasta principio de los años 80.



Imágenes: *Hemeroteca ABC