Contra mis cinco sentidos Tus cinco toritos negros. Torito negro tus ojos, Torito negro tu pelo, Torito negro tu boca, Torito negro tu beso. Y el más grande de los cinco, Tu cuerpo, torito negro.
(Manuel Benitez Carrasco)
Mundo Gráfico
Sevilla
"Gran Babilonia de España, Mapa de todas las naciones, Dónde el flamenco a su Gante Y el Inglés halla su Londres"
(Luis de Góngora)
Penas Y Alegrías Del Amor
Mira cómo se me pone la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube un río de sangre fresco de la herida que atraviesa de parte a parte mi cuerpo. Tengo clavos en las manos y cuchillos en los dedos y en mi sien una corona hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone la piel ca vez que me acuerdo que soy un hombre casao y sin embargo, te quiero.
Durante la primera mitad del siglo pasado entraron en pleno auge las tiendas de coloniales nacidas durante los primeros años de la centuria trabajadas de sol a sol por montañeses, sorianos y asturianos que lograron así cierta riqueza, de las que ya se ha hablado en Comestibles Y Ultramarinos.
Tiendas como Las Canarias, El Grano de Anís, La Nueva Paz, La Flor de la Sierra, Casa Bautista, La Colonial, Casa Marciano, El Reloj, Casa Abascal, Casa Sosa, El Espejo, Casa Hortal, El Istmo, El Bacalao, entre otras, fueron emblemáticas durante los que en el futuro serían “los años del hambre”, a cuyas puertas se instalaban los ciudadanos con sus canastos y las requeridas cartillas de racionamiento.
(El Bacalao en la calle Argote de Molina.)
Otros establecimientos de bebidas reconocidos como emblemáticos se repartían por los barrios históricos, como las tabernas del Sótano, Casa Castizo, Casa Alejandro, La Aduana, Casa Caliche, entre otros. Algunos de estas tabernas o restaurantes venían heredados de los años treinta, llegando a existir casi hasta mitad del siglo. También había restaurantes igualmente heredados de los primeros años de la centuria que lograron sobrevivir. Otros no tuvieron otro remedio que cerrar sus puertas durante la década del hambre, dejando marcados sus nombres en la ciudad: Los Tres Reyes, El Barril, Pasaje del Duque, Pasaje Andaluz, Pasaje de las Esquinas de San José, La Mairena, Málaga, El Colmao, Los Gallegos, Las Flores, Málaga, Los Gabrieles, Casa de la Viuda, La Española, Pasaje de las Delicias, La Marina… La importadora
(Publicidad de Almacenes Pedro Roldán)
Otros comercios que cobraron gran importancia en la ciudad de Sevilla fueron los textiles y de confección, donde se podía comprar lo mismo piezas o metros de tela, que prendas ya confeccionadas, ya fuera ropa para el hogar o para uso personal. Por regla general en la mayoría de estas tiendas (lo mismo que en la de comestibles), se compraba a dita, es decir, el cliente retiraba las prendas o telas que le fueran necesarias entregando a cambio una ínfima cantidad de dinero que el dependiente anotaba cuidadosamente en una libreta usando el lápiz que habitualmente llevaba prendido sobre la oreja. Posteriormente, una vez a la semana, o cada dos semanas, o cada mes, el cliente iba a entregar un dinero establecido a cuenta de lo que se había llevado, que nuevamente era anotado en la libreta. Cada vez que se entregaba dinero a cuenta no faltaba la pregunta obligada: “Fulanito ¿Cuánto me queda?”. Y así hasta que la cuenta quedaba saldada y se comenzaba de nuevo con otra remesa. Pocos eran los afortunados que se podían permitir pagar al contado Estas tiendas estaban repartidas por toda la ciudad.
En los locales anteriormente ocupados por los cafés París y Roma, en la Campana, se instaló en 1941 el bazar “La Importadora”, siendo célebres sus “ventas del duro”.
(Dos imágenes de Bazar la Importadora)
En el "Bazar la Importadora" las ventas se realizaban por duros, un duro, dos duros, tres dcuros, seis duros...
(Folleto publicitario de 1947 del "Bazar La importadora", con sus ofertas "del duro")
Igualmente sobresalían:
(“Almacenes Fermín Alfaro” en la puerta de la Carne.)
(“Ciudad de Sevilla”, en las calles Franco y Blanca de los Ríos.)
(“Almacenes El Aguila”, en Sierpes y Jovellanos.)
(“Bazar La Estrella Roja", en la calle Cerrajería.)
En la plaza de Jesús de la Pasión, conocida como la Plaza del Pan, los Almacenes “Pedro Roldan” se dedicaban a la ropa confeccionada.
(Almacenes Pedro Roldán)
(Papel publicitario de envlver de Almacenes Pedro Roldán)
“Los Caminos”, en la calle Francos fue un gran almacén emblemático en Sevilla desde principios del siglo XIX. Tienda preferida por la alta burguesía y aristocracia.
La gran de las tiendas de textil que había en Sevilla, fueron desapareciendo con la llegada de los grandes establecimientos. Hoy día se pueden contar con los dedos de la mano las que quedan de ellas.
Fuente de Datos: *Hemeroteca ABC Imágenes: *Hemeroteca ABC *Todocolección.net
La máquina del tiempo se fue tragando poco a poco a las Tiendas de Ultramarinos, Comestibles, o Colmaos. Ahora casi no existen, pero hubo un tiempo en que casi todas las calles de las ciudades había una, y si no la había, sói que la había en la calle de al lado o en aquella otra, todas cercanas, a la mano, porque a las tiendas de comestibles no se iba a comprar, como ahora se hace en a los hipermercados, una vez a la semana, sino todos los días, y la mayoría de ellos, más de una y dos veces.
Solían ir las amas de casa a la tienda de ultramarinos en las mañanas, cuando regresaban de la plaza de abastos con la compra de carne, o pescado, frutas o verduras para el día. De paso compraban el carbón en la carbonería y el pan en la panadería, y por último entraban en la “tienda” y compraban lo necesario también para el día, porque el jornal se cobraba diariamente y no se disponían de medios para abastecerse a más largo plazo, además tampoco existían los refrigeradores donde mantener fresca la mercancía.
(Fotografía datada en 1871. Al final del mostrador se aprecia el molinillo de café)
En la tienda de ultramarinos había de todo. Nada más entrar y formando fila casi en la misma entrada estaban los sacos de legumbres, olor a la arpillera de los sacos desprendiendo una nubecilla de polvo blanco que flotaba en el aire. De allí sacaba el tendero, con una pala de hojalata de mango corto, el cuarto de kilo de garbanzos, o de alubias, o lentejas, o habas secas que se le hubieran pedido,y en un papel de estraza lo pesaba en una balanza con pesas de bronce (si ésta era de plato, en épocas más lejanas) o bien en la de aguja (de época más reciente), y luego hacía con él un cartucho que entregaba a la“marchante”.
Lo mismo hacía con el azúcar y con el café, que si se le pedía, lo molía en un gran molinillo que tenía para tal fin, a fuerza de darle a la manivela, y que salía por debajo cayendo en una bolsa de papel que recogía el café ya molido.
Entonces el aroma de café de “malo” (malta) o del “bueno” (Trueba o Catunambú), invadía la estancia y se mezclaba con el olor del agrio del vinagre, apresado en un barrilito con un grifo; con el de pescado en salazón que se desprendía de la barraca de sardinas arenques, sostenida de pie, para que tuviera mejor vista, en una esquina del mostrador, o con el de una enorme lata abierta de manteca amarilla “La Lorenzana”.
Y mientras el ama de casa era “despachada”, se entretenía en compartir con aquella otra que “le había pedido la vez” en comentar los dimes y diretes de la calle.
El tendero en realidad no era el tendero, sino “el Vicente”, o “el Antonio”, o “el Pepe el de la tienda”, que así es como era conocido en el barrio, y lucía siempre con un babi color gris u ocre, que ayudaban a ocultar las posibles manchas recogidas durante la jornada.
Como había determinados momentos en el día en el que la afluencia de clientela era más numerosa, el tendero echaba mano de ayuda extra contratando por un sueldo escaso, a un jovenzuelo que tomaba el nombre de aprendiz o dependiente, y las que iban a compran se dirigían a él llamándolo “muchacho” o “niño”.
Muchas veces al ama de casa se le olvidaba algún “mandao”, y acudía a cualquiera de sus chiquillos para que lo trajera “Fulanito ve a la tienda de Vicente, o Antonio, o Pepe, que se me olvidó el aceite, y dile que te lo de “fiao”, que me lo apunte que mañana se lo pago”. Y el Fulanito de turno cogía la calle por banda camino de la tienda, con una botellita de cristal vacía, que en otro momento contuvo Agua de Carabaña, para que le echaran un cuarto litro de aceite.
(Tienda de Ultramarinos 1920)
Había veces en las que el niño entraba en la tienda y estaba vacía porque el tendero estaba en la trastienda, y hacía notar su presencia diciendo “¡despachar!”, o bien dando golpecitos con la moneda (si es que la llevaba), en el mostrador de madera o de mármol según el comercio.
La Aceitera
Salía el tendero y le despachaba el aceite extrayéndolo de una bomba de cristal subiendo y bajando una manivela. El aparato en cuestión estaba montado sobre un bidón que se encontraba debajo del mostrador. Según la importancia de la tienda, en función de la venta, además del artilugio correspondiente al aceite de oliva había también otro de aceite de orujo.Entonces el liquido verdoso de su interior se movía y se llenada de burbujas, que al chaval le parecían como bolas de caramelo.
Mientras le despachaban el aceite, miraba y disfrutaba de todo lo que había a su alrededor, a menudo productos inalcanzables para él y para muchas familias: las latas de melocotones en almíbar; la carne de membrillo de Puente Genil marca “El Quijote” en una caja de lata bellamente decorada; los botes de jugos de fruta “La Verja”; los higos pasos, y los terroncillos de azúcar blanca que descansaban en un saco más pequeño, pero sobre todo, las tabletas, partidas en onzas para vender a granel, de chocolate negro La Virgen de los Reyes, grueso, terroso, espeso, pero que a él le sabía a gloria bendita cuando su madre le daba de merendar una onza con un trozo de pan.
Algunas veces cuando llegaba el chaval a la tienda, tenía que esperar a que despacharan a otra persona, y si ésta había pedido bacalao, el corazón del chiquillo se sobrecogía al ver como el tendero lo cortaba con la cizalla, artilugio precisamente para ello dotado con una enorme cuchilla, y que a sus ojos de niño tenía mucho de peligroso y temblaba tan solo de imaginar la mano del cortador debajo de la cuchilla.
La Cizalla de cortar el bacalao
Chorizos y morcillas colgaban del techo y goteaban grasientos en su cabeza, y su boca se hacía agua cuando afilaban el cuchillo para cortar jamón, producto prohibitivo y que tan sólo se compraba cuando se padecía alguna enfermedad.
(Una tienda sobre 1950)
Le daba el tendero o el dependiente la botellita con el aceite y el niño decía “que dice mi madre que me lo apunte”, y el tendero se lo apuntaba con un lápiz grueso que mantenía sostenido encima de la oreja, en un papel de estraza, dónde por cierto, ya había más de una anotación.
Ahora se ha cambiado el olor rancio y añejo de las tiendas de ultramarinos por el de los ambientadores y colonias de los hipermercados, y no hace falta que te apunten nada por darte los “mandaos fiaos” (se paga con dinero de plástico).
Digo carbonerías y no me refiero a las que se encontraban en medio del campo donde quemaban grandes montañas de leña, cubiertas de paja y tierra para que su combustión fuera más lenta y diera como resultado el carbón vegetal.
Cuando digo carbonerías me refiero a esos lugares de antaño dónde se vendía el carbón, hoy casi totalmente desaparecidos, pero que siguen vivo en el recuerdo de aquellos que las conocieron y las vivieron, aquellos que saben que lo que se vendía en ellas era algo sumamente primordial en la vida cotidiana.
(Una Carbonería en 1930)
Las carbonerías surtían a la población de carbón, algo necesario para el vivir de cada día, y raro era la calle que no contaba con una. Estaban instaladas, bien en un local adecuado para ello, o bien bajo una techumbre colocada en la misma casa en la que vivía el vendedor del producto: El carbonero.
(Interior de una Carbonería)
Adentrarse en una carbonería era como entrar en otro mundo,un mundo oscuro en el que nada más cruzar el umbral, una nube de polvillo oscuro que vagaba en el ambiente casi hacía perder el contorno de los escasos utensilios que allí había. Paredes y suelo lucían igualmente negros. De entre la nebulosa de polvo salía el carbonero, hombre del que nunca se sabía a ciencia exacta el color de su piel, pues siempre estaba tiznado de oscuro, igual que sus manos y el delantal que llevaba puesto para no mancharse la ropa, cosa que a duras penas conseguía. Si acaso podía distinguirse a duras penas el blanco de sus ojos o el de sus dientes, si es que los tenía, que la población de entonces era propensa a la pérdida de las piezas dentales.
Había en la carbonería una romana para pesar y una pala con la que el carbonero cogía el producto que pedía el comprador, y volcarlo posteriormente en el recipiente que se llevaba para ello, por regla general un cubo de hojalata o un latón al que se le había acoplado un asa.
Dentro de la carbonería se apelotaban los sacos de carbón,de cisco carbón y de cisco picón, y al fondo, en un rincón, el carbonero amontonaba los desechos que iban quedando para venderlo como carbonilla que era muy apreciada para que prendieran bien las llamas. Era lo que se vendía en las carbonerías, aunque posteriormente y cuando hubo algo más de progreso, también se vendía petróleo para las hornillas que cocinaban con este producto.
(En algunos lugares el carbonero felicitaba las Pascuas a cambio del Aguinaldo. Felicitaciones de 1940)
Era obligación de cada día comprar el carbón para el consumo diario de cada persona o familia.
A comprar el carbón, además de las mujeres, iban generalmente los niños mandados por su madre, quienes se entretenían de vuelta para su casa, en pintar con un tizón de cisco las paredes de la calle a la par que caminaban. Luego llegaban las reprimendas de las madres por llegar tiznados.
Se compraba para cocinar el carbón, que las amas de casa introducían en el poyo de hornilla que era un banco de obra adosado a la pared de, más o menos, un metro de altura, recubierto de azulejos y donde estaba empotrado el fogón de hierro que se denominaba hornilla. Al frente del poyete se abría la boca de una pequeña galería por la que se accedía al fondo del fogón o boca de la hornilla. Una vez el carbón dentro,encendía la lumbre introduciendo papeles ardiendo por las bocas hornillas. Por ahí se sacaban además las cenizas y se podía avivar el fuego por medio de un soplador que era como una especie de abanico de esparto.
Para calentarse y encender el brasero se compraba el cisco picón. El brasero no faltaba en ninguna casa que se preciase ypor regla general se encendía al caer la tarde. Primero se ponía en el fondo del mismo una capa de carbonilla y se le prendía fuego, y una vez hecha brasas, se cubría el cisco picón. De cuando en cuando había que “menearlo” con la badila para que no se apagara y resurgieran las brasas de nuevo. Para que la estancia oliera bien se le echaba a la candela alhucema.
(La mujer del Carbonero- Años 60)
Pero no todos los que vivían del oficio de carbonero tenían la misma suerte. Había también otros cuyo poder adquisitivo les negaba el privilegio de disponer de un local para su venta, por lo que no les quedaba más remedio que dedicarse a su venta ambulante.
(Carbonero Ambulante)
Cada mañana salían de su casa con dos grandes sacos de carbón y pregonaban su mercancía de puerta en puerta: “¡niña, el carbonero!”, y las mujeres salían a la calle con sus correspondientes cubos a comprar la mercancía.
Los carboneros ambulantes que gozaban de unapoca de más suerte se servían de un mulo, igual de tiznado que él, para que les llevara la carga en las angarillas.
Ya no huelen las calles al carbón quemado que se escapaba a través del humo de las chimeneas, ni los chiquillos pintan con un tizón negro las paredes, ni se ve al carbonero, imagen oscura que generalmente ocultaba tras su negrura el blanco inmaculado de la fraternidad de antaño.
(Carbonero Ambulante en burro sobre 1950)
Como final, esta coplilla popular:
“Vaya una gracia,
vaya un salero
que tiene, madre,
mi carbonero.”
A finales del siglo XIX y principios del XX, el trabajador, el hombre del pueblo,y heredado desde muy antiguo, no comprendía amistad que no se jurara ante una botella de vino, ni trato que no se perfeccionase bebiendo un par vasos. Muy a diferencia del de hoy, el hombre de aquél tiempo que no bebía era, en el concepto popular, como el que no fumaba: un pobre hombre.
Decían la gente de entonces: “A mí déme usted un hombre que beba y que fume”, porque la bebida y la generosidad iban unidas según su entender.
(Una Taberna en Málaga - Siglo XIX)
El andaluz que bebía un vaso de vino estaba dispuesto siempre, en todo lugar y ocasión, a convidar no ya a su amigo, sino a la primera persona que le saliera al paso, que un vaso de vino no se niega a nadie, como no se niegan los buenos días y la candela del cigarro.
La taberna era el lugar preferido por los trabajadores para matar en él sus ratos de ocio, hablar con los amigos, celebrar sus tratos y contratos, y jugar a las cartas.
("La Carta en la Taberna" - dibujo de Manuel Cara y Espí- Octubre 1900) Solía ser la taberna un local no muy amplio, distribuido en varios compartimientos llamados cuartos, separados los unos de los otros por tableros que no tocaban el suelo, numerados y pintados con colores verdes y amarillos. En el centro de cada cuarto había una mesa sin pintar y la tapa pintada de rojo o verde. A su alrededor sillas toscas con asientos de eneas. Las paredes blanqueadas no tenían, cuando los tenían, otros cuadros que no fueran los que representaban a la lidia de toros o a toreros famosos, así como todo lo relacionado con la fiesta taurina.
A la entrada de la taberna se hallaba el mostrador, detrás del cual el tabernero sirve a los marchantes que de pie, y como quien dice al paso, toman una copa o una caña.
Generalmente al tabernero le ayudaban uno o más mozos de pocos años, que se encargaban de llevar el vino a los cuartos, cobraban las convidadas e iban apuntando con tiza en una pizarra lo que iban debiendo los bebedores según iban pidiendo.
Detrás del mostrador se encontraba una estantería llena de botellas de vinos unas, de licor otras, y a un lado y otro, superpuestos y en hileras, estaban los toneles, botas y barriles que solían tener en su frente el nombre del líquido que contenían, y a veces también el nombre del cosechero y del pueblo o ciudad en donde se labró el mosto.
A la derecha o a la izquierda, que esto era indiferente, estaba el lebrillo o pileta donde se lavaban los vasos, y éstos se colocaban bocabajo sobre el mostrador o la estantería.
(Oleo sobre tela "La Taberna", atribuído a Pablo Talavera - Siglo XVIII)
El vino se vendía por botellas; en vasos, que por su cabida los llamaban cuartillos o medios; y en cañas, que eran vasos de cristal,entrelargos y cilíndricos. En éstos se servía la Manzanilla o el vino de Sanlucar. Cuando el vaso se llenaba hasta arriba pasaba a denominarse Bolo.
El aguardiente y los licores se servían en copa de cristal.
El aguardiente y la manzanilla eran las bebidas preferidas por los consumidores, y cuando el cliente no podía permitirse pagar este tipo de bebidas, se conformaba con el blanco o de la tierra que denominaban de la hoja, o con el duro que llegaba desde Valdepeñas.
Cuando el vino ya estaba apurado y querían pedir una nueva ronda, daban un par de palmadas al aire, que esa era la manera de llamar al camarero o al mozalbete que los servía.
En una taberna nunca faltaba el cante, ni el rasjeo de una guitarra, como tampoco el vendedor ambulante de camarones y retales de mojama que ofrecían por las mesas a buen precio, y se llevaban así el jornal a su casa, vendedores que eran muy bien venidos por el tabernero que veía como la sed hacía estragos en sus clientes y volvían a pedir otra ronda de vino.
Tampoco faltaban en las tabernas las disputas y riñas entre los parroquianos que ya llevaban encima además de más de una copa, las navajas, a ser posible de muelles, puesto que cuanto más muelles llevara más ancha era la hoja, navaja que no dudaban en sacar e incluso usar en el contrario de su pelea, a pesar de que este delito era castigado con la cárcel.
Estos borrachos formadores de escándalos, eran expulsadosdel local y llevados a la casilla, lugar a modo de celda carcelaria dónde dormían la “mona” o borrachera.
El hombre en la taberna nunca, o casi nunca, bebía solo, que según decían, para que el vino sepa a vino había que tomarlo con un amigo, amigo que después de varias convidadas, pasaba a llamarse compadre, y ya compadreados, pasaban a otra taberna, y luego a otra, hasta que se daba el caso que volvían a sus casas sujetándose como podían a las paredes y esquinas.
Hubo un tiempo, y no hace mucho como todos sabemos, en el que en Sevilla (y la mayoría de las ciudades andaluzas) abundaban los Corrales de Vecinos, aunque fuera en Sevilla donde adquirieron un mayor desarrollo. De unos años a esta parte se fueron perdiendo, aunque en la actualidad quede alguno que otro. Y es una pena que se perdieran, porque los Corrales eran la viva estampa de lo que el pueblo vivía en cada momento.
Corral del Conde en 1850
Según algunos historiadores, ya existían en el siglo XIV, aunque su total desarrollo se realizó en el siglo XVI.
Su origen parece ser que viene de los adarves árabes, que eran callejones sin salidas, y del currazas mozárabe, amplia estancia sobre el que se abrían las puestas de las viviendas.
Corral principios siglo XX
La estructura del Corral de Vecinos es similar en todas las ciudades andaluzas: un gran patio rodeado de habitaciones que desembocaban en él. A las habitaciones se las denominaba salas, y podían estar divididas enuna, dos, e incluso tres partes. Generalmente una hacía las veces de comedor y las otras de dormitorios. Los patios constaban con dos plantas, formando alrededor de la planta superior, una especie de corredor protegido por una barandilla sobre la que solían apoyarse los vecinos para hablar con el de enfrente o con el se abajo, según se terciara.
En el centro del patio solía haber un pozo o una fuente, de la cual se proveían de agua los vecinos. También constaba de una pequeña estancia a modo de lo que hoy llamaríamos trastero, y otra dedicada a los lavaderos, dónde se encontraban alineadas las pilas de piedra para lavar la ropa.
La cocina, al igual que los lavaderos, era común para todos los vecinos, así como el retrete, que se encontraba en el lugar más alejado del patio, y cuyos desechos desembocaban en un pozo negro.
Corral del Conde a principios del siglo XX
Corral del Agua
Los habitantes de los Corrales de Vecinos eran gente muy humilde, y allí convivían y de todas las calañas, tanto el ratero como el panadero, como el usurero, pero en general todos formaban parte de una gran familia, prestos la mayoría a ayudarse mutuamente, como la “guena gente” de entonces, aunque desde luego eso no impedía que constantemente hubiera disputas y trifulcas entre ellos, llegando la mayoría de las veces a las manos.
Corral de Vecinos en 1903
Las mujeres se afanaban en tener el patio bien engalanado de macetas y flores. Colocaban alrededor del pozo geranios, gitanillas, y claveles; la zona de sombra estaba destinada a las aspidistras, y la flor del jarro. Por los rincones no faltaban las damas de noche ni los jazmines, y en julio y agosto el olor a nardo lo inundaba todo.
En los Corrales de Vecinos se celebraban los bautizos, las primeras comuniones, las bodas, los parabienes y cualquier clase de evento. Eran celebradísimas las Cruces de Mayo, y en ninguno faltaba una guitarra, unos palillos y una guapa mocita con una moña de jazmines en el pelo. Se cantaba, se bailaba, al son de las palmas y de la música, y se lloraba y se velaba al difunto que partía hacía otra vida.
Nada era de nadie y todo era de todos. Se compartían alegrías y penas, miserias y prosperidades, enfermedades, hambre y penurias… Y por encima de todo, la vida.
Un Corral de Triana sobre 1880
Hoy día casi todos los Corrales de Vecinos de Sevilla han desaparecido, y de los pocos que quedan, muchos han sido destinados para el uso de la hosteleria, pero todos, todos, han quedado para la historia.