El Afilador

viernes, 22 de enero de 2010


(Afilador - Maria del Carmen Delgado Viruet - Málaga) 
Entrañable y deseada la figura del Afilador que de cuando en cuando aparecía con el reclamo de su armónica. Como tantas otras, se quedó en la memoria del tiempo, nostálgica memoria que aún lo recuerda…

Comenzaba a oírse a lo lejos el silbante sonido de la armónica do-re-mi-fa-sol-la-si, si-la-sol-fa-mi-re-do y las vecinas comenzaban a alborotarse mientras soplaban el cisco-carbón de las cocinas "¡Fulana!, ¡Zetana!, ¡Niña!, ¡que se escucha el afilador!” Y al poco, a la par que la silbante melodía de de la armónica iba in crescendo conforme se acercaba, las vecinas y comadres se afanaban en secarse las manos en el delantal para buscar esas tijeras de la costura melladas, o ese cuchillo de cocina cuya hoja se había vuelto roma, o la navajita de rajar las “acitunas” que ya no cortaba, para que el Afilador se las compusiera y dejara como nuevos.

(Afilador 1912 - Dibujo de Varela - Hoja Revista Blanco y Negro)
 Al poco aparecía el afilador por la esquina de una boca calle, con un babi del color del papel con el que en las tiendas de comestibles te “liaban” los “mandaos”, calzando alpargatas y con la cabeza cubierta con una boina, cargando a cuestas el banco de afilador y con un largo tropel de chiquillos tras de sí, que con las manos en la boca, ahuecadas a modo de una figurada armónica, lo acompañaban simulando con sus voces el sonido de la melodía inconfundible que lo identificaban. 

Cuando enfilaba la calle, ya el afilador alternaba su música reclamo con su potente voz de barítono pregonero: “El afilaoooooooor, niñas el "afilaoooooor" , se afila "to" lo que antes cortaba y ahora no corta, navajas, tijeras, cuchillos de mesa y de "pescao" ……niñas que llega el "afilaooooor, cuchillos de matanza, hoces, picos, escardillos, cualquier instrumento de corte… El Afilaooooor..” y de nuevo la armónica.
(Banco de Afilador)
 Entonces las mujeres iban saliendo a las puertas de sus casas y se arremolinaban en torno a él, que depositaba el banco con las ruedas de afilar en el lugar elegido. “a ver si puede usted recomponerme estas tijeras, que tanta faltita me hace para la costura”, o “ mire usted como está el cuchillo de la matanza, ésto no mata ni a una mosca”… y el trabajador ambulante depositaba en el suelo su “banco de afilador”, que era una especie de carrito con una rueda grande que daba movimiento a la redonda piedra de esmeril, base del trabajo de afilado. Esta misma rueda también servía para desplazar de un lugar a otro el bando de trabajo.


(Afilador -   Alonso Pérez  - Hoja de la revista Blanco y Negro)
La rueda giraba mediante un pedal de tableta a la que el afilador daba movimiento con la pierna derecha y que le daba el impulso necesario para tomar velocidad. Cuando la piedra ya había tomado la velocidad adecuada, el Afilador depositaba en ella, sujetándola con los dedos, la hoja a afilar y producía un sonido similar al rechinar de dientes pero en una intensidad elevada a la novena potencia. Al contacto de la hoja con la piedra de esmeril, brotaban infinidad de chispas de luz (candela), que simulaban fuegos artificiales pero a baja altura.

(Afilador Kinife Grinder - Grabado siglo XIX)
La chiquillería se alborotaba metiendo las manos bajo el torbellino de luminarias aún a costa de llevarse algún que otro coscorrón y una reprimenda de sus madres. “Chiquillo tú estás loco, quítate de anda, bajuno que te vas a achicharrar”, y ellos hacían siempre el último intento de asir al vuelo alguna que otra de esas doradas chispas que salpicaban por doquier y que tanta ilusión les hacía.
Los cuchillos, tijeras, y otros utensilios afilados por el afilador duraban años. Siempre eran los mismos, afilados una y mil veces. En ocasiones, la hoja mermaba considerablemente por el desgaste del afilado. Pero seguían siendo utilizados.


Un real costaba afilar unas tijeras o un cuchillo de mesa o navaja, y dos reales el cuchillo de la matanza o cualquier otro utensilio del campo.
Cuando ya el utensilio estaba afilado, el Afilador saca un harapiento trapo que tenía colgado del cinturón de su grisáceo babi y con el arma en la mano, cual si de una espada sarracena se tratase, asestaba un tajo al trapo que lo rasgaba sin piedad, prueba indiscutible de que su trabajo se había realizado a la perfección.

El de Afilador era un trabajo ambulante del que el protagonista no era siempre necesariamente de la localidad. A veces pertenecía a otra cercana, y muy de temprano emprendía su recorrido por los pueblos o aldeas cercanas, banco al hombro, para poder recaudar lo necesario para mantener a su familia. Ya lloviera, tronara, o arreciara el calor del verano, él salía cada día por los polvorientos o enfangados caminos a realizar su tarea. Si volvía con el jornal justo para subsistir se daba por satisfecho.

(Afilador-Oleo sobre tela - Jovita Lòpez Vérez)
En un principio, el afilador también reparaba paraguas en el tiempo de lluvia, pero este quehacer se fue perdiendo con el tiempo.
Sobre la década de los años 60 del pasado siglo, fue cambiando su banco de afilar por una bicicleta, con la rueda de la cual daba movimiento a la piedra de afilar. 


Era una bicicleta provista de una estructura plegable sobre la que se elevaba la rueda trasera, de este modo, el afilador pedaleaba para dar impulso a la rueda de afilar sin que la bicicleta se desplazara. Posteriormente la bicicleta sería cambiada por una motocicleta que servía como correa de transmisión para obtener la misma finalidad.


Hoy en día la bicicleta y la motocicleta se han cambiado por una furgoneta con un altavoz en el techo, que mediante una grabación, simula la melodía y el pregón del Afilador. Las amas de casa siguen saliendo de sus cocinas, ahora vestidas de fuego de vitrocerámica, y cuchillos con el mango de plástico, para que se los afile, y quedan contenta con el trabajo, pero en la historia colectiva de todas sigue estando esa otra melodía y medio de transporte rural, alegría de las comadres al percatarse de su llegada y gozo de los niños tan solo de imaginarse afortunados de asir con sus manos estrellas fugaces.

5 soñadores han probado este sabor:

laquiti dijo...

Me acuerdo perfectamente de los afilafores. Sobre todo de la musiquilla con la que se anunciaban.
Es curioso como se quedan en el recuerdo algunos sonidos de la infancia. Me ocurre también con otros sonidos como la voz del cartero cuando gritaba los nombres de los destinatarios de las cartas desde el descansillo del portal de casa para que bajaran a recogerlas (no había ascensores y en mi ciudad no subían a las casas).

Juanlu dijo...

Siempre tendré en la memoria su típica canción: EL AFILAÓ , AFILAMOS LOS CUCHILLOS, LAS TIJERAS Y LAS NAVAJAS OIGA jejeje q de recuerdos de mi infancia en el pueblo, aunque en mi pueblo que llegara el afilaor era mal aguero, pq día que iba, dia que a las horas fallecia alguien.
Un saludo.

Sabor Añejo dijo...

Laquiti, seguramente todos tenemos en el recuerdo la melodía del afilador. Cuanta nostalgia...

Besos

Sabor Añejo dijo...

Juanlu, pues no sabía yo que en algunos lugares el afilador era de mal agüero. Que yuyu, oye.

Un abrazo

fonsado dijo...

No sé si llegarían hasta el sur, pero en todo el norte la mayoría de los afiladores estacionales (iban y venían) son del norte de Orense, de la zona de Castro Caldelas (casi mis orígenes).
Por supuesto que también al principio reparaban los paraguas, y es muy recurrente cuando pasas por Orense, observar esta simbología en folletos, anuncios y pegatitas: la rueda del afilador bajo la silueta de un paraguas abierto.
Nostálgica y estupenda entrada.
Un abrazo.

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